Diario de León
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Fronterizos | MIGUEL Á. VARELA

D e los tres grandes sectores que mueven la economía paralela del mundo, al menos dos -”las drogas y el sexo-” están pidiendo a gritos una regulación. Lo mejor que podría ocurrir con el tercero -”las armas-” sería su absoluta eliminación, pero la industria de la muerte tiene profundas ramificaciones en los propios estados como para plantear tan hermosas ingenuidades. Sí está en manos de los gobiernos, sin embargo, la posibilidad de reglamentar el comercio de la prostitución y de las drogas: de las consideradas actualmente prohibidas, puesto que otras como el alcohol o el tabaco ya contribuyen de forma notable a mantener las arcas públicas. Sobre el limbo legal en el que se mueve la prostitución existe un atávico tabú religioso («el sexo es pecado») e ideológico («el sexo de pago denigra al ser humano») que únicamente favorece la más vergonzosa de las explotaciones de los más débiles, el tráfico esclavista de seres humanos y la desprotección social y sanitaria de las personas que practican el oficio más viejo del mundo. Nadie cuestiona moralmente que para sobrevivir vendamos nuestra fuerza, inteligencia o habilidades, pero por motivos que se me escapan vender el uso de tu sexo sí es cuestionable. En cuanto a las drogas, legalizar y regular su comercio, supondría el único método posible para acabar con los estados paralelos levantados sobre el dinero del narcotráfico con sus secuelas de corrupción, crimen y degeneración social. Estas poderosas mafias son las primeras interesadas en mantener el actual sistema, que moviliza ingentes recursos públicos. Clarificar legal y fiscalmente estos sectores sería, no lo dudo, una decisión polémica, compleja, valiente y arriesgada. Pero nada es menos aconsejable ante un problema que mirar hacia otro lado o colocar tiritas en el lugar donde hay que hacer una cirugía profunda.

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