la opinión del lector (I)

¡Las llamas al infierno, la guerra ha terminado!

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Francisco Courel Fernández. león
León

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Así nos lo anuncian tres formidables cabos de nuestros ejércitos, a quienes, desde aquí y ahora, propongo para la medalla de oro de la Argonaucia. Son formidables. Se llaman cabo Ajos, cabo Peñas, cabo Ortegal y cabo Finisterre … Pues sí, señores, desde sus respectivos observatorios nos comunican que, después de triangular convenientemente las mares profundas y tenebrosas, llamadas océanas, han descubierto que, por el de Las Bermudas, la sapientísima naturaleza –más sapientísima desde luego que algún Kalikatres que otro, de los que andan sueltos por ahí—ha decidido tomar cartas en el asunto: he decidido entrar en guerra a favor de una peninsulilla que arde en llamas, llamada antaño –muy antaño— tierra de conejos, después Hesperia, Hispania más tarde. Y, cuando llegó a hacerse de oro, Hispaniarum Rex… Y le pusieron en el escudo águila bicéfala… Águila bicéfala que podemos contemplar, por cierto, en el formidable hastial que pergeñara y sacara adelante nuestro gran Orozco, para nuestro insuperable San Marcos… Algunos, ahora, desde la más profunda idiocia, se atreven a motejarlo de «aguilucho»… Pues; que se vayan, como se van a ir las llamas que nos ocupan… ¡al infierno!... Pero, volvamos a nuestra guerra. Sí; nos anuncian, a una, nuestros cuatro cabos –que habría que ascender cuando menos a sargentos- que por el Triángulo de Las Bermudas, en dirección a Las Azores, cabalgando mares arboladas, a lomos de unas corrientes –que, al parecer, son golfas—se aproximan dos frentes poderosísimos –cálido el uno, frío el otro: no sé por qué diantres la distinción—maravillosamente equipados de un arma poderosísima, llamada lisa y llanamente... agua. Agua: no ya pura y dura, como la he venido llamando; sino que –para más inri, e hilo a la cometa— ésta es destilada… Y vamos a ver –con asombro de algunos kalikatres sapientísimos, que no se apearán del guindo, mientras les queden guindas en el «guindal», o en orujo— como, en un ¡plis! ¡ plas!, se envían al infierno, de donde jamás debieran haber salido, esas llamas que han venido asolando este país, que moriré llamando España. Corolario: si nos sobran medios para imitar a la Naturaleza, en la extinción de los ocasionales incendios, que la bestia humana, llamada pirómano, nos viene provocando… ¿A qué diantres estamos esperando? ¿Que nos va a costar un montón de millones de euros el cambiar de táctica…? Pues benditos sean esos «miserables patacones» gastados; si con ello consiguiésemos parar, en sus inicios, un incendio como el del Valle del Tiétar; que sólo Dios sabe cuánto nos va a costar repoblarlo; y cuantos –tal vez siglos— tardará en volver a ser lo que era… Que cuando un bosque se calcina, no sólo perecen unos cuantos millones de arbolitos repoblables…

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