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León

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Al trasluz | eduardo aguirre

Durante años, en las aulas se ha estado desdeñando el usted, como si fuese una prenda en desuso, como el bombín o los zapatos de charol. Pero resulta que las formas son los pilares de la convivencia. La distancia entre profesor y alumno no crea necesariamente distanciamiento, sino delimitación de las jerarquías, del mismo modo que no soy el amigo de mi hijo, sino su padre. A mí, llamar don José a mi profesor del Matemáticas no me creó ningún trauma, ni me hizo ser menos desenvuelto. Urge recuperar las formas que no sean meros formalismos. Obviamente, no reivindicó regresar al monóculo y al nefasto «usted no sabe con quién está hablando», sino al lenguaje como engranaje del crecimiento interior y exterior. El usted, bien empleado, bien exigido, no fomenta servilismo sino respeto. Y no estamos ante un deterioro que afecta sólo a la enseñanza. La otra tarde, escuché cómo una señora habitual de las tertulias de televisión, que ahora se autoconsidera periodista, llamó «hijo de puta» a Pipi Estrada, como el día anterior se lo había llamado a Jaime Ostos; ambos merecen ser llamados algo, pero no eso, y desde luego no ahí, en un plató de televisión.

La zafiedad y el exhibicionismo de crueldad imperan en la mayoría de las cadenas de televisión, en las que se proyecta a la sociedad que comportándose así se destaca y se triunfa. El éxito mediático de Belén Esteban nos coloca fuera de la civilización occidental; más aún, fuera de cualquier civilización terrestre. Hemos ido a menos como sociedad educada, y los culpables no son los partidos, aunque no sean los mejores juglares de las buenas maneras. Algo hemos hecho mal, unos y otros, y seguimos haciéndolo, aunque resulta difícil concretar qué es. Cultivemos las formas del respeto, todas esas que no son formulismos.

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