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León

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La gaveta | césar gavela

La comarca se oculta debajo del nombre. Lo pronunciamos pero muchos no sabemos poner casi nada dentro. Decimos: Maragatería; pero, ¿y qué más? Yo quería saberlo. Desde hace muchos años, demasiados: desde que pasé por Santiago Millas en los primeros setenta. Me quedó en la memoria el paisaje invernal y las piedras. Un inmenso monte a poniente. No sabía más de la Maragatería. Y eso que viví en Astorga un año largo. Pero por algo muchos maragatos aducen que Astorga no es la Maragatería.

Sea o no así, lo cierto es que puse mi campamento en Luyego de Somoza. Con lo que estaba algo confuso, porque Somoza parece que es otra comarca, y no. Somoza es Maragatería. Como también lo es el Alto Duerna. En esos días de sol y lluvia recorrí pueblos, valles, gentes. Y sentí en cada instante un gozo nuevo, una libertad colmada de sueños. Noté que la vida y el tiempo tenían otro decir. El viaje había empezado en Nogarejas, todo era pinar. Luego los árboles ascienden hacia el suroeste, por laderas muy puras. No hay pueblos por allí, en las montañas tan vegetales. Se quedan al fondo: Tabuyo, Filiel, Boisán... El solar arcano de algunas tribus astures. Paz y verde, casas que lo saben todo de la nieve. Perros y flores. Libros de fotos antiguas en los aparadores de los bares.

Una pequeña elevación separa la Valduerna de la Somoza. El norte de ese altiplano es jacobeo. Y allí acontece el tramo más fascinador del Camino de Santiago. El que pasa por Castrillo de los Polvazares, Santa Colomba de Somoza, Rabanal y Foncebadón. Las casas son poderosas, muchas de ellas muy bien cuidadas. Sillares ocres, galerías azules, blanco silencio. Casas que expanden una belleza muy serena en la noche. Ordenan sabiamente el vacío. Recuerdo, en particular, la carretera que va desde Luyego a Villalibre. Su tramo inicial iluminado en la madrugada. Sin casas por allí, la luz eléctrica sobre la tierra dura y negra. Era la ruta de una quimera triste, la invitación a un extraño prodigio.

Momentos así, lugares así, la Maragatería tiene a miles. En cualquiera de sus pueblos y de sus horas. Tierra límpida, suya. En la que el viajero trata de ahondar; todo le lleva ahí. Aunque tal vez eso lo reforzara mi condición de leonés, de berciano. Porque cuando uno descubre una luz nueva en su tierra, los efectos son más intensos, más inexpresables.

Creo que el Teleno, la gran cumbre que domina ese mundo sagrado del alto Duerna y la Somoza, es el más leonés de los montes, el más nuestro. Porque no lo compartimos con ninguna otra provincia, región o condado. Está ahí, en el espinazo de León, articulando sus vertientes: el Bierzo, la Cabrera, las llanuras. Al fondo, más rocosa y húmeda, la cordillera cantábrica, que también es leonesa en su cara sur.

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Y después a dormir en Luyego, palabra arcaica, sabrosa. Nombre que evoca a remotísimas gentes que murieron hace mucho. A ríos helados, a campos solitarios. Al oro de Roma, que también por aquí fue buscado. Oro rojo que ahora es verde en los tapices boscosos del Teleno. Es la verdad de un mundo rural y solemne. Paraíso prometido y que existe. Donde hay que volver. Casi en secreto, porque sabe mejor.