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León

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Con viento fresco JOSÉ A. BALBOA DE PAZ

Nno hablaré de las hijas góticas de Rodríguez Zapatero; una anécdota, por chusca que sea, no puede ocultar las graves consecuencias de los acuerdos del último consejo de ministros. De la subida de impuestos que empobrecerán aún más a los sufridos españoles lo dejamos para otro día, hoy toca hablar del proyecto que reforma la actual ley del aborto y que, sin la presencia del presidente, aprobó el consejo presidido por Mª Teresa Fernández, una de sus viscerales impulsoras. No volveré a repetir los argumentos en contra de esa ley, que ya formulé en anteriores artículos; sólo pretendo poner de manifiesto la contradicción que el feminismo radical y cierta izquierda desnortada comete al justificar el aborto mediante el principio ideológico (entendiendo por ideología la falsa conciencia que provoca el reflejo distorsionado de la realidad) del supuesto derecho a decidir que las mujeres tienen respecto a su cuerpo.

Este principio, de un materialismo tosco y trivial, parte de considerar al individuo -y en este caso a la mujer- no una persona sino una cosa, un cuerpo con el que se puede hacer lo que venga en gana: abortar, quitarse la vida (eutanasia), sin problemas de conciencia. Respecto a ésta, se puede prescindir; es más, en aras del totalitarismo que emana del principio roussoniano de la voluntad general, se puede incluso violentar, y así se puede obligar a todos, sin permitir la menor objeción, a estudiar una asignatura como Educación para la Ciudadanía, aunque los padres no la deseen (como abortar a los 16 años sin consentimiento de los padres). La conciencia, como la persona de cuya realidad óntica forma parte, carece de derechos y se puede torcer, pero el derecho de las mujeres a decidir no puede ser cuestionado de ninguna manera. Este mito oscurantista ha calado tan profundamente que resulta difícil desmontar; pero no deja de ser un princip io bastante endeble y contradictorio.

Estos días se discute acaloradamente sobre la prostitución en las calles, lacra social que la crisis ha disparado. Algunos hablan de regularla, encerrar a las mujeres en locales donde puedan ejercer su oficio sin molestar la mala conciencia y el fariseísmo de las gentes. El feminismo radical, sin embargo, quiere erradicar la prostitución porque tal oficio atenta contra la dignidad de la mujer. Estoy de acuerdo pero por las mismas razones que estoy en contra del aborto, porque creo que la persona tiene dignidad. La contradicción del feminismo radical es aquí flagrante. Si la mujer es sólo cuerpo como afirman al defender el aborto, si es sólo una cosa o una mercancía debe tener derecho a comerciar con él como le venga en gana. No, dicen las feministas, pues hay derechos que son inalienables, que no se puede hacer dejación de ellos, no se pueden ceder a otros (in alienum), como recoge la declaración de derechos del hombre y el ciudadano de 1789. Nadie, tampoco la ley, aceptaría hoy que una persona renunciara a su libertad y se vendiera como esclavo, porque tal derecho es irrenunciable.

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El derecho a la vida es aún mucho más radical que el derecho a la libertad. El aborto no afecta sólo a la mujer sino al feto que lleva dentro. Un feto, y mucho más con 12 ó 14 semanas, como se aprecia en las ecografías, no sólo es un ser vivo, como quiere la ministra Aído, sino un ser humano. La culta ministra tal vez pensara, cuando soltó su boutade, en las teorías del viejo Haeckel de que la ontogenia es una recapitulación de la filogenia, y creyó que el feto en esas primeras etapas no es sino un pez o un reptil al que puede eliminarse sin escrúpulos. El problema en todos los casos es que no hablamos de cuerpos sino de personas, es decir de sustancias individuales que existen por si, con libertad y dignidad. El hombre y la mujer son realidades personales y las personas tienen dignidad y no precio, como las cosas; tienen un valor absoluto el cual, a su vez, es el fundamento de todos los demás valores de la vida humana. La cosificación es el fundamento de la cultura de la muert e.