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León

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El aullido | luis artigue

Paseaba hace poco por la ciudad italiana de Turín -”lugar repleto de temp los tan artísticamente refinados, ostentosos y subyugantes que me recordaron que la belleza siempre es un radicalismo-” cuando me enteré de que el Premio Nacional de Poesía del año 2009 acababa de recaer en el libro La casa roja , de Juan Carlos Mestre: perdonen si prescindo de toda objetividad al confesarles que tal noticia trajo a mí una combinación emocional de orgullo, alegría y pesar por los amados muertos con los que hubiera querido brindar en tal momento (¡ah, querido Antonio Pereira que nos enseñaste a reír!).

Y como he escrito ya sobre ese libro suyo intimista, extenso y enigmático nada voy a añadir salvo señalar que lo he releído recientemente, y en verdad se trata de un texto lírico de digestión lenta que no desfallece al revisarlo... ¿Cómo dar las gracias a quien escribe algo a lo que poder regresar?

Este premio le llega a Mestre ahora quizá no porque no lo mereciera antes (al menos con La tumba de Keats), sino porque a los lectores nos ha vuelto a confirmar con su último libro que está en posesión de un lenguaje visual muy potente que se adapta con brillantez a la expresividad que necesita cada tema que aborda. Pero, además, la fuerza expositiva de sus audaces metáforas, de sus imágenes vitriólicas, no oculta sino más bien intensifica ese pensamiento suyo avanzado, panteísta, universalista a juego con su marxismo heterodoxo, trascendente al modo de sus antepasados sefardíes: ese pensamiento humano y tierno como el pan que su padre horneaba a diario en Villafranca del Bierzo-¦ No, no hay tanto irracionalismo en La casa roja como razón en búsqueda-¦ De hecho ya sus imágenes, unidas a cierta intuición como de cosmólogo, no sólo caracterizan su obra sino también su personalidad.

En efecto en mi opinión con Mestre estamos, más que ante un poeta de la mansedumbre, ante una personalidad arrolladora. De hecho escribe y vive no al modo de los líricos serenos -”Hölderlin, San Juan de la Cruz-¦-” que sobrellevan una existencia rica y elevada por encima de la realidad, sino como un Rimbaud posmoderno; hombre con cuerpo de gladiador, madera de líder intermitente y verbo que no se limita a describirnos la realidad sino que nos sumerge en ella-¦ Por eso cada libro que ha escrito, en su articulación decisiva, irradia tanta imaginación como contenido ideológico.

Sí, igual que un judío errante se ha pasado la vida de ciudad en ciudad leyendo sus poemas, exhibiendo sus cuadros y cumpliendo con las servidumbres de su vocación estética, pero siempre ha tenido una querencia singular con León. Por eso, ya que aquí hemos sido testigos privilegiados de su conversión estética y su trayectoria, nos identificamos especialmente con esa forma apasionada de representar la vida que él tiene, y nos equivocamos de forma gozosa con su inventiva.

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Ver, querer ver, poder ver, es el elaborado ejercicio revolucionario al que la personalidad y el mundo de Juan Carlos Mestre nos invitan, para que seguidamente ese acto desautomatizado de la visión origine el proceso del conocimiento... ¡Sí, hay conocimiento más allá de los datos! Confirmado: Juan Carlos Mestre es el judío errante que se aleja para estar más cerca-¦ Juan Carlos Mestre es el fotógrafo que retrata la bala que le va a quitar la vida.