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León

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Fronterizos | Miguel a. varela

Tiene 85 años, una curiosidad omnívora y una mente privilegiada. Imparte sus conferencias de pie, sin una sola nota, con el tono sabio de profesor veterano que domina todos los temas, marcando una línea dialéctica de la que va extrayendo ramas infinitas que parecen desviarse del tronco pero que inevitablemente vuelven a él. Su pensamiento tiene la heterodoxia que supone el discurso de la inteligencia erudita en tiempos de debilidad mental, de verdades light apenas sostenidas en tópicos mediáticos mal aprendidos.

Lo lee todo vorazmente: desde un artículo sobre los neveros en Ponferrada hasta las notas al cartulario de Carracedo. Tiene, además, un abuelo berciano que acabó ejerciendo su profesión de médico en tierras riojanas y allí fue a nacer Gustavo Bueno, que estos días inauguró las intensas jornadas organizadas por el IEB para celebrar el cincuentenario de su fundación.

Ateo que no renuncia al aire católico que respiramos; marxista que usa el materialismo filosófico como un bisturí del pensamiento, no como una muletilla para ir cojeando; español ilustrado que sigue siendo de una izquierda que nada tiene que ver con la izquierda real actual, Bueno ofreció ante un buen puñado de antiguos alumnos que recuerdan con admiración sus clases en Oviedo una intervención alejada de la tontería bienpensante de la oficialidad a diestra y siniestra. «Es imposible entender qué es la cultura -nos dijo Bueno-. Nadie puede decirlo, y sin embargo, sobre una idea tan confusa se establecen necedades que nadie entiende». Recoger el guante del pensamiento de Gustavo Bueno es un reto complicado que puede ser peligrosamente interpretado pero disfrutar de su charla es un privilegio por el que ha merecido la pena esperar estos cincuenta años, desde la creación del IEB, en un remoto 1959.

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