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León

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Al trasluz | eduardo aguirre

Desde hace muchos años vengo interesándome por comprender nuestra guerra civil. Hoy, a mayores de los hechos objetivos (considero que la contienda la desencadenó Franco al sublevarse), me interesa principalmente lo que tiene de historia de las conductas, como biografía colectiva de la condición humana, tal como he dejado expresado ya numerosas veces. No sólo en lo concerniente a aquella etapa, sino en todas, diferencio entre grandes personajes históricos y otra categoría superior: la de aquellos hombres o mujeres que puedo tomar como referentes de comportamiento. Alejandro, César, Napoleón, entre otros, formarían parte de los primeros; sus intensas biografías me ayudan a conocer mejor la naturaleza del poder y del liderazgo, pero no me sirven como guías personales. Para mí, Buenaventura Durruti es un gran personaje histórico, digno de ser estudiado y reconocida su influencia, carismático, tenaz, inteligente-¦ pero no le puedo elevar a la condición de héroe modélico, en la que sí tengo, por ejemplo, a Vicente Ferrer, porque éste además se adentró en terrenos donde el amor derrota a la violencia, al despojarla de su sentido. El revolucionario leonés cometió o mandó cometer acciones violentas que me impiden elevarlo a dicha categoría máxima, aunque sí puedo percibir cualidades excepcionales. Pero admiración, no; lo siento. Sí admiro a Besteiro, o al último Azaña. Aprecio mucho a Manolo Durruti, al escultor Diego Segura, excelentes personas, pero también lo son los descendientes de Fernando González Regueral, asesinado en León, presuntamente por anarquistas, y que hoy se sentirán tristes. Lo importante es que, más allá de las discrepancias, impere siempre el respeto, no la mera rabia contenida. Me agrada proclamar que en ambos lados de esta historia tengo amigos.

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