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León

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El aullido | luis artigue

La bondad es inmortal pero quien la ostenta no. Como certificando esto se nos ha muerto en medio del otoño Toñín, ojos curvados como de mago oriental, santo y seña del municipio de San Andrés, la ternura entre nosotros, sí, personaje entrañable que nos avisaba a todos cada día con su sola presencia de que se puede alcanzar la armonía personal con muy poco si, al menos, se mantienen a raya la vanidad, el orgullo y la envidia cuartelera. Hay seres humanos que en sí mismos son mensaje.

Toñín, hombre niño de espíritu puro, encarnaba esa limpieza de corazón que vamos perdiendo todos a causa del arduo vivir. En verdad siempre entendí su síndrome de down no como discapacidad sino a modo de aviso para sus vecinos, sus amigos: la actitud existencial de este hombre conmovedoramente bueno, ese atleta del vivir que aprendió ni más ni menos que ha sentirse realizado a su manera, nos avisaba cada día que, por contraposición a lo que parece o se nos vende socialmente, el auténtico éxito radica en ser feliz.

Igual que quien sabe que despertarse cada día es resucitar, salía cada mañana laborable Toñín; lo hacía con la sensación de que el mundo aún estaba por acabar y él podía contribuir en algo. Y así era. Con intachable sensación del deber recorría calles y plazas, hacía recados, intercambiaba estímulo afectivo con compañeros y amigos, acudía a la casa consistorial a efectuar el cometido de pasar las hojas de los calendarios-¦ Y, durante su estructurado trayecto, toparse con él tenía siempre algo de recarga de ternura.

La vida te regala a veces privilegios como figurar en el mapa de los encuentros de un ángel bellamente humano. ¡Sí, hay ángeles entre nosotros! Toñín, con su esencialidad a cuestas, tomó la costumbre de venir a verme cada día, y, a cambio de atención y caramelos, en su idioma iniciático me traía buenas nuevas del ayuntamiento, del pueblo, de él mismo, de la vida a cerca de la cual él parecía tener una especie de noción elemental emocionalmente refrescante.

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Toñín en el fondo venía a recordarme que no he de dejar de apostar nunca por la inocencia; que dentro de mí, como dentro de cada uno de nosotros, aún hay un niño que aflora cuando soy capaz de conmoverme. ¡No pierdas nunca eso, decía sin decirlo! Y al reparar en ello ahora echo aún más de menos su diaria inyección de humanidad. En efecto hay algo esperanzadoramente hermoso en el cariño unánime que despertó Toñín en cuantos le conocimos; algo que, en medio de este otoño de melancólica belleza, no repara la pérdida pero al menos bien pudiera ahora renovarnos e impulsarnos. Sé que un hombre sin malicia es una barca a contracorriente, pero al menos me siento más cerca de mí por mantener aún intacta la capacidad de reconocer a los ángeles. De hecho me siento príncipe por haber conocido a Toñín; por haber aprendido su idioma y por haber podido escuchar como sin palabras le decía cada día al mundo: sed felices, os lo recomiendo.