Pecata minuta
En blanco | javier tomé
No sé si serán figuraciones mías, pero llevo una temporada notando cierta hostilidad por parte de la Iglesia hacia el presidente Rodríguez Zapatero y ese laicismo tan suyo que, hablando en conciencia, sólo lleva a la más pútrida relajación de las normas morale s. Ahora el avemaría eclesial viene a cuento por la atmósfera de matadero infantil provocada por una ley que parece inspirada por el propio Satán, con todas sus tentaciones y equívocos. El dream team de obispos, compuesto por un ramillete de personas que se elevan sobre las masas empujadas por la pasión para ofrecer una visión espiritual y certera de nuestro tiempo, ha sentenciado que votar «sí» al aborto constituye un pecado de tres pistones. Mientras algunos políticos se quejan de la excesiva tendencia sacerdotal a opinar tanto de lo divino como de lo humano, nostálgica de aquella época feliz en la que unos pocos decían a muchos lo que debían hacer, para otros hombres temerosos de Dios la abstinencia de comulgar constituye todo un drama humano.
Ahí tenemos a José Bono, que además de ser un tío bastante mono se mantiene fiel como el perro de un pastor a los eternos preceptos vaticanos. Y se queja con cierta razón porque mientras a él se le niega la santa hostia, Pinochet comulgaba a troche y moche ante la beatífica sonrisa del fray Junípero de guardia. Guiados por las más altas instancias del derecho divino y la sed de inmortalidad para el colectivo de fetos, los obispos pretenden incluso defender nuestros derechos civiles solicitando que el aborto sea delito, lo que suena un poco a ramalazo talibán. Todo ello ha desencadenado un huracán de puñaladas verbales y morales, bajo la amenaza espantosa de que todos los impuros arderán en el infierno. Yo creo, igual que ellos, en la santidad del lecho conyugal. Si ya lo decía Jacqueline Kennedy: el sexo no es bueno porque te destroza la ropa.