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JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
León

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Q uerido don Antonio:

Ha llegado el tiempo de marchar a la Casa del Padre. Ha terminado su peregrinar terreno y se va, seguramente con recuerdos, al igual que nosotros nos quedamos con ellos. Y es que recordar es siempre hermoso. Recordar tiene que ver con el corazón, es vivir con el corazón lo que ya vivimos, en este caso con su persona, a lo largo de 15 años un poco largos de su ministerio como obispo de León.

Don Antonio, si algo tenía su persona, además de una más que sólida cultura, era un gran corazón, que no siempre su timidez le dejaba mostrar en toda su hondura y amplitud. Gracias por habernos querido tanto, gracias por haber gastado y desgastado su vida en esos años de servicio, no siempre bien valorado, a estas tierras leonesas.

Gracias porque quiso ser mensajero de paz y de consuelo, sembrando gotas de Evangelio, siempre al y del lado de los que sufrían por una causa o por otra. Y, como hizo el Beato Juan XXIII con el Vaticano II, quiso que la diócesis estuviera más preparada para ofrecer el Evangelio hoy; por eso convocó un Sínodo, que con tanto ánimo y esfuerzo sacó adelante, confiando en las personas, escuchando y respetando todas las opiniones. Porque esa era otra de sus virtudes: confiar; sobre todo en sus colaboradores, el dar «cancha» a todas las sensibilidades eclesiales, el ver lo bueno que tenían los demás. Incluso a la hora de adoptar decisiones no siempre fáciles, se notaba su talante de Padre y Pastor, de quien prefería sufrir a hacer sufrir. Recuerdo emocionado el verle llorar cada vez que tenía que presidir el funeral de un sacerdote.

Si ahora pudiera hablarnos, seguro que haría suyas estas palabras de Pablo VI, recogidas en su Testamento espiritual. Ud. de alguna manera las recogió en las tres cartas pastorales que nos escribió en el Jubileo del 2000, y son de algún modo también su Testamento espiritual: «Fijo la mirada en el misterio de la muerte y en lo que la sigue, en la luz de Cristo, la única que la alumbra; y eso con humilde y serena confianza... Antes de la muerte siento el deber de celebrar el regalo, la suerte, la belleza, la fortuna de esta fugaz existencia: Señor, te doy gracias porque me has llamado a la vida y aún más, haciéndome cristiano, me has reengendrado y destinado a la plenitud de la vida. Particularmente siento el deber de agradecer a cuantos me han traído a la vida, educado, socorrido, rodeado de buenos ejemplos, de confianza, de bondad. Cuántos regalos, cuántas cosas hermosas e impagables, cuánta esperanza he recibido en este mundo; doy las gracias de modo particular al Señor por el regalo del sacerdocio, vivido en esta Diócesis de León. Te agradezco, Señor, el regalo de la vida, de la fe y de la gracia. Saludo a todos con amor. Participo con vosotros en la misma y única fe, en la misma caridad, en el común empeño apostólico, en el solidario servicio al Evangelio. Hoy, ya delante de Dios, profeso nuestra Fe, declaro nuestra Esperanza, celebro la Caridad que no muere, aceptando humildemente la muerte, invocando la clemente intercesión todos los santos y encomendando mi alma a vuestra oración, hasta el día en que nos encontraremos todos en el banquete celeste del Reino de Dios».

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Querido Don Antonio, gracias por todo. Hasta pronto. Hasta el cielo.