Cornada de lobo | pedro trapiello
Tate, hormiga
Recordarás la fábula: la hormiga se pasa el verano trabajando; su vecina la cigarra gasta el tiempo en cantar, en papear lo justo y, dicen los biólogos, en chingar sin duelo, pues a eso la mandó Dios al mundo en sus dos meses de vida y vuelo. Pero al llegar el frío, dice el fabulista, la cigarra le pide a la hormiga que la socorra con algo de su despensa abarrotada, pero le niega todo auxilio y le dice «¿no bailabas antes?... baila ahora». Fina la tía japuta.
Es mentira. No sucedió así. Y menos aún, como quiere hacer ver la versión argentina (¡qué fachita, che, el boludo que la parió!) con gobiernos decretando leyes de igualdad, incautando la casa a la hormiga y dándosela a la cigarra para que al final la ocupen inmigrantes y se vaya todo al carajo, aunque sale una ministra ufanándose en presentarlo como riqueza multicultural, o sea, moraleja argentina ya adoptada en las trincheras urbanas españolas: «al inmigrante y al pichón, perdigón», ese inmigrante que desconocía el refrán «ni pidas a quien pidió, ni emigres a donde se emigró».
Tengo otra versión del hecho. Titúlala «La cigarra, la hormiga y el hormigón». Cuenta que llegó el frío, la cigarra llamó a la puerta de la hormiga que le dijo, efectivamente, «y una mierda te voy a dar, hala, a bailar», pero la cigarra le replicó «tate, hormiga, que no vengo a pedirte, sino a despedirme. Mi ciclo concluye; voy a mi muerte contenta de haber cumplido y no sabes de qué forma, trescientos hijos dejo. No, no vengo a pedir comida. Yo soy tu comida. Cuando me muera, y lo haré en ese árbol que ves ahí, vendrás a trocear mi cadáver como hacéis de siempre con todas las cigarras muertas y llevarás mis chicharros a tu despensa. Que te aproveche; no me lo agradezcas. Pero antes de morir quisiera saber por qué tanto empeño en hacer silos y acaparar, si no podéis consumir tanto. Todo el día estáis ampliando obras y almacenes, haciendo minas o gigantescos termiteros que pueblan el horizonte. Os expandís como hormigas obsesas del hormigón. Matáis arbustos y agotáis recursos, esquilmáis. La tierra se empobrece con tanta codicia vuestra. El desierto se anuncia. ¿Por qué no paráis el carro? ¿Es que no podéis ser felices un rato sin ser esclavas?...