Transfigurar la vida
Liturgia dominical
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
La escena de la Transfiguración que leeremos en este domingo es muy conocida, pero tal vez por ello se nos pasen algunos detalles. Siempre me ha llamado la afirmación de Pedro de estar muy a gusto allí; necesitamos nosotros también estar cómodos al lado del Señor, viviendo en este mundo con los pies bien plantados en él, pero sin descuidar la meta final del ser humano. Pedro nos presenta un Dios amable, con el que da gusto pasar el rato. ¿Podríamos decir y hacer nosotros lo mismo?
El cristiano debería ser, por extensión y definición, un hombre o mujer con el que «diera gusto estar», con el que apeteciera prolongar la conversación, con el que se pudieran cambiar impresiones sobre todo. Debería ser la persona de la comprensión, de la paciencia, de la caridad, de la condescendencia. Tendría que ser el cristiano un ser humano seguro en sus convicciones (lo cual no está reñido con la comprensión y la benevolencia), alegre con esas convicciones, dispuesto a vivirlas sencilla y sinceramente, sin ostentaciones. Tendría que ser el cristiano un creyente que, por estar familiarizado con Dios, repartiese su claridad entre los hombres, una persona con la que se pudiera contar en todo momento, a la que se le puede contar un apuro, a quien se le puede suplicar una ayuda. Tendría que ser un alguien, repito, del que se pudiera decir, como elogio máximo, «qué bien se está con él». Lo que ya no está tan claro es el deseo de Pedro de quedarse allí, tal vez para capturar y prolongar aquella luz tan tranquilizadora, sin verse obligado a afrontar la oscuridad que se anuncia próxima. La historia nos dice que el hombre se preocupa siempre de construir una casa a Dios quien, por el contrario, ha bajado a la tierra precisamente para habitar en la casa del hombre. El corazón del hombre es el «lugar» preferido por Dios. Llevamos tiempo hablando mucho, demasiado, del silencio de Dios, de la ausencia de Jesús, especialmente ante las grandes desgracias como la de Haití. ¿No será que, como Pedro, le buscamos donde no está? Nos acercamos a los círculos de poder, a los triunfadores, a los relevantes e importantes de este mundo. Y no reconocemos a Dios. Vacío de Dios. Silencio de Dios. ¿Hemos probado a encontrarle junto a los que sufren y fracasan, junto a los que llevan su cruz propia o son crucificados por otro? ¿No será que confesamos, como Pedro, a Jesús como Mesías, pero seguimos sin aceptar su camino?
Los tres discípulos que estuvieron con Jesús en la montaña son los que estarían también más tarde con él en Getsemaní, cuando llegó la hora de la verdad. Pero en Getsemaní se durmieron. Es nuestro peligro. No podemos acompañarle en su gloria si no lo acompañamos en sus penas. No podemos ser compañeros de Cristo, si no recorremos con él todo su camino, de cruz y de luz.