Cornada de lobo | pedro trapiello
Resuciten, ¡ar!
Pregunta Sócrates V. de qué sirvió la doctrina del concilio Vaticano II que proponía despojar la fe de todo atrezzo teatral, mágico y barroco, aquel que revestía a Dios y sus cosas con liturgia incomprensible que asombrara al temeroso pueblo ignorante en latines y razones... aquella grandiosidad que apabullaba la fe de carbonero con suntuosos templos plagados de arte colosal y lujoso... o atemorizaba con doctrinas truculentas de infiernos y condenaciones eternas que helaban el alma a base de fuego y brasa. ¿En qué quedó tanto empeño conciliar?
Se lo pregunta al ver resucitar hoy con mucho colorín, trapo y ceremonio el patatús místico y teatrero de una fe folklórica más pagana que cierta. Se restauran los ritos de alarde y asoman a la vuelta de cada esquina los cucuruchos de la España del sambenito penitente y del fetiche disciplinante, las pompas de aquella Iglesia de la Contrarreforma que estableció con hogueras el imperio del dogma y la fe ciega, incuestionable y tantas veces belicosa. Y lo hacen con estruendos de tambor y cornetazos al cielo para que nos enteremos todos... y para que se nos hiele también el alma ante el montón que desfila con paso cuartelero como tropas a la guerra, ostentando... y aturdiendo... que se enteren todos de la omnipotencia: esta es mi seña, mi dios, mi virgen particular, mi clan, mi tradición... estas son mis galas, abran paso, todos a un lado... mirad y ved.
Sócrates sabe que estos fragores nacionales de piedad, cofradía y ancestro no son una resurrección de creencias. La fe se la suda. Es afirmarse en lo antiguo, la conciencia tradicional de la patria. Estas semanasantas son al fin y al cabo un rito de tribu, clan o peña que resucita. La gente demanda estos sentimientos ante el pánico a la globalidad. Uno es nadie si no se pertenece a un club, asociación o bandería: hazte cofrade y después encontrarás compañía entre afiliados, pillarás influencias y pecarás con largueza, pues ni la fe, ni la ideología, ni los estatutos te impedirán ser canalla en tu medida o en tu «derecho».
A Sócrates no le asombra que la Iglesia no se inquiete ni corrija tanto desmán pagano colado en sus sacristías. S. sabe que de la alforja hasta el jumento todo es bueno pal convento .