Cornada de lobo | pedro trapiello
Bondad de sabio
Se pone uno a recontar la gente buenísima o sabia que ha tratado a lo largo de la vida y entre los dedos de la mano alguno se queda viudo. No abundan los casos admirables o ejemplares donde se junten el saber y la bondad. Pero poniendo nombre a los cinco dedos para poder sacar la mano a saludar, no tendría dudas: Pedro Sánchez, dominico, maestro íntegro y en el lado de los pobres; Julio Caro Baroja, etnógrafo gigante en la orilla antropológica del mundo donde importa el hombre y casi nada la nación; Antonio Pereira, maestre de mestres, de sonrisas de elegantísima picardía y de charlas con provecho; Grande Covián, científico feliz, orondo de optimismo y rotundo de voluntad; y Ramón Carnicer, la serena escritura grande, la palabra mejor dicha y el afecto de ley mantenido en la distancia. Cada cual en lo suyo fue sabio; cada cual en su fuero fue íntegro. Podrían, más que nadie, haber alardeado de talla o magisterio y jamás lo hicieron siendo, como eran, la boca de quinientos libros clave y mil averiguaciones propias; por eso supe que eran sabios de verdad y no solo eruditos incontinentes, profesores pedantes o doctores en sentencias con orla. Gente buena. El buen saber conduce a la modestia. Y de la modestia, a la bondad. Su cara decía lo que certifica el dicho: a partir de los cuarenta años, cada persona es responsable de su cara .
Recuerdo mucha otra gente sabia, pero no pocos perdieron consideración o admiración conforme les fue creciendo el ego. Hubo y hay gente en nuestra universidad de talento prodigioso para las materias que les son propias, incluso algunos se adornan con luces y brillos en otros campos o aficiones, pero quizá la vida o su carácter no les permitió escapar de la pelea sucia de los días, de las trincheras académicas y dejaron de gastar su bondad por ser batalla perdida. Lástima. Toda la energía que gastan en sus guerras cotidianas restan fuerza y luz para mejorar trabajos y objetivos. Así les luce. Incluso en las universidades vale más una buena relación (onza de trato) que un buen expediente (arroba de trabajo). A los alemanes, por ejemplo, les prohiben ser profesores en la universidad donde se licenciaron y les brilla otro pelo y otro clima en el claustro.