Cosas de aquí | La dureza del Camino de Santiago
Peregrinos con un camión en los talones
La senda jacobea se topa con la maquinaria pesada que trabaja en la construcción de la A-60
Un tramo del camino de Santiago al norte del Puente Villarente, por donde circula maquinaria de obra
Además de emprender un viaje de encuentro con uno mismo, de recogimiento, de reto personal, el peregrino que quiere llegar a Santiago realiza una prueba de alto riesgo. Hasta ahora lo hacía al colgar sus pies y su vida sobre el paso del Porma, un puente de otra época, que pone a la misma altura a veinte mil vehículos y a los zapatos del caminante que se hace a la ruta jacobea, embarcado en un pulso con el destino. El estrecho de la N-601, un puente con curva incluida, donde los retrovisores de los camiones les silban al oído a los que circulan a pie siguiendo la senda del Apóstol, no dejaba de ser un punto de inflexión más en la dureza del camino. Desde hace unas semanas, además, abre la puerta a un triángulo de las bermudas, a una gynkana, a una secuencia propia de los exámenes finales para acceder al cuerpo de Marines para los alumnos más diestros de West Point. El peregrino que logre superar el puente neolítico sin que un camión le envíe al vacío y a las frías aguas que trae el Porma desde el embalse de Vegamián debe asumir una vereda jacobea entre camiones de treinta toneladas, maquinaria pesada para el desmonte, motoniveladoras; un circo móvil que deja el camino señalado por la estrella de un puñado de figuras de blindaje y protección cultural expuesto al capricho de los motores. Al norte del Puente Villarente, y antes de pisar Arcahueja, el caminante se topa con un ejército de hierro que trabaja en la construcción del esqueleto de una autopista, la futura A-60, y de refilón circula por la vía compostelana como si de un trazado de tres carriles se tratara. Ahí están las huellas. Junto a las que dejan las botas del peregrino, asombrado en cierta manera por la exigencia añadida que le corresponderían a ochocientos kilómetros de caminar, de ruta a pie, en busca de los orígenes cristianos de Europa, de la mirada interior que refuerza a quien afianza su vida a base de andar. Incluso por un lugar en el corren camiones sueltos.