Publicado por
León

Creado:

Actualizado:

Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

La Palabra de Dios del domingo nos habla del perdón, de la inmensa paciencia y misericordia de Dios para con nosotros, al tiempo que nos invita a hacer de esa comprensión la forma radical de nuestra manera de ser. Perdonar es reconocer que el hombre es capaz de cambiar. Negarle a un hombre esa posibilidad, que es consustancial con el hecho de ser persona, es ya ejecutarlo. Por eso la pena de muerte no entra dentro de los planteamientos cristianos. Pero tampoco el rencor, que es una ejecución permanente del prójimo en el corazón del rencoroso.

La experiencia del perdón es sentirse libre de uno mismo y de los demás en cuanto acusadores y es sentirse libre de condenas preconcebidas. Saberse y sentirse perdonado es poder vivir aceptando a otros, sintiendo más próximos a los demás.

El perdón es poder vivir con la alegría del agradecido que se siente querido sin saber por qué. Es vivir con la esperanza de encontrarse algún día cara a cara con el Dios bueno y misericordioso. Por eso los cristianos comenzamos la Eucaristía implorando el perdón de Dios que nunca falla. Él es bueno, quiere y perdona. Por eso no es extraño que nuestro acto común más importante sea la Eucaristía, que significa Acción de Gracias.

El ejemplo de la mujer y la actualización en la conversión a la misericordia de Dios, puede conducir a valorar más los sacramentos de la penitencia y de la Eucaristía. En el primero cada uno experimenta, de un modo sacramental, la misericordia de Dios, al resonar de nuevo, por el ministerio de la Iglesia, la palabra eficaz del perdón de Dios. El hombre tiene que aportar al sacramento de la penitencia lo mismo que aportó la mujer convertida: el amor, el reconocimiento de la misericordia, el propósito de vivir en el amor de Cristo... Visto así, el sacramento de la penitencia es fuente de gozo y de paz. El salmo responsorial de este domingo es una magnífica descripción del gozo del pecador que confiesa su pecado: « Propuse: Confesaré al Señor mi culpa, y tú perdonaste mi culpa y mi pecado ».

Cargando contenidos...

La segunda referencia es la celebración de la Eucaristía. Lo que celebramos en ella es el amor redentor de Cristo: saberse amado es la fuerza más transformadora que existe. Por eso, celebrar la Eucaristía con fe no puede dejar de suscitar en nosotros, junto con el gozo y la acción de gracias, el deseo intenso de corresponder a este amor con una vida en constante conversión.