Diario de León
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Cada día su afán José-Román Flecha Andrés

Todo, Lucilio, es ajeno a nosotros, tan sólo el tiempo es nuestro: la naturaleza nos ha dado la posesión de este único bien fugaz y deleznable, del cual nos despoja cualquiera que lo desea». Así escribía Lucio Anneo Séneca allá por el verano del año 62. En el trono se sentaba Nerón y a Roma llegaba por entonces Saulo de Tarso, también llamado Pablo.

Lucilio, era gobernador de Sicilia, con residencia en la ciudad de Siracusa. En su primera carta, Séneca le escribía para exhortarle a poner orden en sus afanes y sus cosas. Sólo así se libraría de perder el tiempo, el mayor tesoro de los hombres, el más precioso y personal.

Pero el tiempo -“ya se sabe- es fluido y escurridizo como el agua entre los dedos. Al menos por tres rendijas se va de nuestras manos. Bien lo sabía el filósofo: «Unos tiempos se nos arrebatan, otros se nos sustraen y otros se nos escapan». Para él, sólo llega a ser señor de su vida quien logra ser señor de su tiempo. Quien consigue controlarlo según su voluntad. Quien logra dominarlo para que no lo abandone.

Quizá por eso son tantos los que, un día y otro día, tratan de arrebatarnos parcelas o jirones de nuestro tiempo. En el fondo nos quieren mal, son nuestros enemigos aunque parezca lo contrario. Les repugna que seamos señores y quisieran vernos convertidos en esclavos.

Dicen que tratan de divertirnos. O al menos de distraernos. Pero no se dan cuenta de que las dos palabras son tan agudas y asesinas como un puñal en manos de un sicario. Divertirnos es sacarnos del camino. Y distraernos es seducirnos para que no prestemos atención a lo esencial.

«Querido Lucilio, haz lo que me dices que estás haciendo: acapara todas las horas. Así sucederá que estés menos pendiente del mañana, si te has aplicado al día de hoy. Mientras aplazamos las decisiones la vida transcurre». Así escribía el filósofo al gobernador.

Poco podía él imaginar que Pablo de Tarso escribía por entonces algo parecido a los cristianos de Corinto: «Como cooperador suyos (de Cristo) que somos, os exhortamos a que no recibáis en vano la gracia de Dios. Pues dice él: En el tiempo favorable te escuché y en el día de salvación te ayudé. ¡Mirad!, ahora es el tiempo favorable; ahora es el día de salvación» (2 Cor 6,1-2).

El filósofo y el apóstol coincidían en muchas cosas, humanas y divinas. Y no era la menor coincidencia esta valoración y aprecio del momento presente. Ambos afirmaban el valor del presente y exigían prestarle atención. Uno y otro veían el «ahora» como el escenario de la responsabilidad.

No dejar pasar en balde el tiempo es la mayor prueba de sabiduría. En contra de lo que muchos dicen, el tiempo no solo es oro. El tiempo es la vida misma: su tesoro y su promesa. En el tiempo se concreta la gracia. En aprovecharlo se fragua el señorío del hombre. Y en saber leer el tiempo con los ojos de la fe está la salvación.

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