Publicado por
pedro trapiello
León

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Se alojó en cierta ocasión Vargas Llosa en el Hostal de San Marcos (digo Hostal, se me resiste lo de parador , que suena a parado, aunque el reverendo don Antonio de Lama le decía a mi tío César que en realidad se llamaba el Hostial , quizá por aquel lujo y pisto de sus inicios con fostión en la factura). Fue hace ya unos años, viajaba solo y arribó aquí no por algo público; a esta ciudad no se le invitó nunca oficialmente, creo. Llegando la hora de comer, le preguntó al conserje (o quizá al director, que fue quien me chismorreó el episodio) si había algún macdonal en la ciudad (pues sí), si estaba lejos (no mucho, pero algo) y que le pidiera un taxi. Bastante sorprendido, el empleado le sugirió la existencia en el propio hotel de un magnifico relais de sugerente carta, pero el escritor peruano (¡y español!, subraya el ABCésar echándole pecho y tinta) insistió en dirigirse a esa franquicia norteamericana del fast food por darse un almuerzo liviano... ¡y sin sorpresas!, pues se explicó Vargas con esa cortesía y franqueza risueña que son su norma alegando que, al estar siempre de viaje por todo el mundo, tenía ya muy claro que es mucho mejor comer algo conocido, que arriesgarse a serios estragos en el estómago con cocinas raras o cenorras de postín que fatigan y atormentan, resumiéndole al atento conserje que tenía la total certeza de que las hamburguesas de ese establecimiento en concreto le sabrían siempre igual en Barcelona, Londres o Manila... y, mire usted, eso que lleva uno adelantado en las sorpresas gastronómicas que da la vida.

Mario es así, dicen. Y Vargas Llosa también. No parece haber mucha distancia entre el tipo humano y su firma doctoral. Pero algunos lo llaman contradicciones y pretenden achicar con ello la talla del escritor repudiándole por paradójico o denigrando su posicionamiento político que puede oscilar del compromiso progresista a la moralidad liberal, aunque nunca se vea al escritor pegarse trompadas en el baile de la razón, que en su caso parece razonable y contaminada de contagiosas ganas de vivir queriendo explicarse la vida. Su verbo es una arenga que invita al pesimismo optimista.

Y eso ya es raro, ya. Lo de la hamburguesa, no tanto.

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