Diario de León
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León

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La foto se hizo hace una semana en alguna paramera estéril de Afganistán. Es todo un drama teatral en un acto y con sólo tres actores: un pertrechado soldado americano, un lugareño con turbante, levita y bombacha oscura al que está cacheando y, más allá, una carretilla de mano en la que viaja un muerto que allí no cabe y ha de ir colgando sus largas patas hasta arrastrar los pies por el suelo; más que muerto, el tipo parece dormido o derrotado. Se trata de un control. Hubo un atentado insurgente. Después, las fuerzas internacionales lanzaron un bombardeo reventando a unos cuantos, así que si alguien transporta un cadáver desde el aquel follón, es más que sospechoso, ¡alto ahí, talibán de los cojones!, las manos en la nuca, abre las patas, cerdo muslim. El cacheado es civil. Se muestra impasible y resignado, pero digno, aunque la ira le late en su mirada al cielo. Eso es lo que debe sentirse si un extranjero armado hasta los dientes te avasalla y soba la entretela en tu propia casa, en tu ley.

La foto es gran foto, aunque una más de esa guerra tan puta y tan rara, pero resume la esencia del disparate humano cuando la cosa llega a las manos, pues ahí están la muerte, la espada y el cordero a degollar, un cordero que volverá a su casa empeñado en ser lobo algún día para morderle el calcaño al de la espada y vengar a sus muertos. Un detalle en la foto pide pensar. El cacheado está delgado, pero el muerto de la carretilla mucho más, flaco total de caña pelada. No se ve gente gorda en las imágenes que mandan de Afganistán. El tipo enjuto de tez curtida es lo normal, cara afilada por hambres, ramadanes y una mala leche que hierve si la ponen a rezar... hasta que se les arrama la pota. Ocurre otro tanto en Somalia, Yemen, Pakistán... domina la gente flaca... y se la ve muy creyente en su penuria... al pobre no le queda otro remedio que echar su instancia en templos o mezquitas esperando que el cielo escupa fuego al enemigo y maná con miel y espadas para él. Ojo con la gente flaca que reza guerras santas.

Sin embargo, es frecuente la afgana gorda. Encarcelada en ropón y celosía, no ha de guardar la línea. Y se venga. Pero ¿engordará por resarcirse del oprobio o porque al gusto moro le pinta la mujer redonda y con asas?

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