Diario de León
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León

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Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

Noviembre se inicia siempre con un recuerdo nostálgico hacia los seres queridos que ya no están entre nosotros. Sin embargo, no resulta fácil hoy hablar del más allá. La esperanza en la vida eterna no es un soporífero, con el que nos drogamos para dejar que el mundo vaya de tumbo en tumbo, sino un estímulo que espolea al creyente para hacer posible la vida de todos, hasta llegar a la plenitud de la vida eterna. Por eso, la Iglesia, peregrina hacia la casa del Padre, se toma en serio el mundo y la vida terrena de los hombres.

Precisamente en estos días peregrina por nuestra diócesis la Cruz de los Jóvenes y el Icono de la Virgen María, que son un signo del amor y de la salvación que Cristo nos regala. La vida del cristiano deberá ser también testimonio elocuente y contundente de fe y de esperanza. La generosidad del cristiano, su espíritu de servicio, la disponibilidad en favor del prójimo, su espíritu de justicia, su sencillez, su alegría, su comprensión, deberán ser otras tantas realidades que, por sí mismas, estén gritando a los demás que ese hombre cree y espera.

Creer en la vida eterna es creer y amar y aprovechar ya esta vida, que también es don de Dios, igual que esperamos recibir la otra. Si la fe en la vida eterna es algo más que una creencia y que una mera palabrería, ha de verificarse en el compromiso por sacar adelante esta vida, el gran don de Dios, en conformidad con la voluntad divina. Por eso, no hay mayor garantía ante los hombres de la seriedad de la fe en la vida eterna que la de vivir contribuyendo a que todos puedan vivir como personas, como hijos de Dios, todos iguales.

No cree en la vida eterna el que no se esfuerza en la superación de las dificultades que encuentra en este mundo y se resigna pensando en el cielo, pues el cielo no es el premio de nuestros sufrimientos, sino el fruto de nuestro esfuerzo y la manifestación de la gracia de Dios que opera en medio de nosotros. No estamos en el mundo para padecer. Nuestra fe no es una fe en un Dios sádico que se complace en nuestros sufrimientos. Creemos en un Dios vivo que actúa en la historia sacando adelante nuestra esperanza. Creemos en un Dios que nos llama y nos hace responsables de una gran tarea, poniendo en nuestras manos nuestro mejor futuro. La paciencia cristiana es una virtud activa; no es el simple aguardar, es un salir al encuentro. Es hija de la esperanza, y la esperanza se acredita en dar pasos efectivos hacia el Reino de Dios, que trae justicia y paz para todos los hombres.

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