Monjes para la vida del mundo
Cada día su afán José-Román Flecha Andrés
En los cines están proyectando la película «De dioses y hombres». El director Xavier Beauvois ha encontrado el tono preciso para presentarnos el drama íntimo de una comunidad de monjes trapenses. El mundo no puede olvidar a aquellos hombres, tan extraordinarios en su vida ordinaria de creyentes sinceros y coherentes.
Dejaron su familia y su tierra para hacer del lema benedictino de la oración y el trabajo un testimonio de presencia y un servicio de fraternidad a sus vecinos musulmanes. En el sencillo monasterio del Atlas, en Tibhirine, hicieron realidad el ideal cristiano y monástico de la hospitalidad universal. En una Argelia desgarrada por las tensiones políticas, ellos corrían el riesgo de ser utilizados como moneda de cambio y de chantaje entre las partes.
A lo largo de los siglos, muchos cristianos han sido asesinados simplemente porque estaban allí, en el territorio fronterizo donde las fuerzas de este mundo se disputan un lugar de influencia. A muchos de ellos no sólo se les arrebata la vida, sino hasta el título de mártires por la fe. Estos siete monjes, degollados en mayo de 1996, son un testimonio de integridad humana, de fraternidad universal y de fe cristiana.
Los monjes de Tibhirine no dejan de ser hombres, con sus recuerdos personales y su humor particular. Atender a los enfermos que llegan al monasterio o salir de él para vender miel en el mercado, escuchar en el refectorio una lectura espiritual o entonar en la humilde capilla el canto de Simeón y la Salve cisterciense antes de irse a descansar. Todo forma parte de una vida entregada a Dios y a los hermanos.
Ante el futuro amenazador que se avecina, algunos monjes tienen claro que han de permanecer en el puesto.
Otros prefieren levantar el vuelo y trasladarse a otro monasterio más seguro o regresar a su tierra natal. Una voz de mujer los interpela en lo más hondo: «Nosotros somos los pájaros y vosotros sois la rama. Si os vais, ¿dónde nos apoyaremos?»
Es inolvidable el fuerte dramatismo de la escena de la votación final, decididamente calcada sobre la imagen de la última cena de Jesús con sus discípulos. Todos deciden quedar en el lugar. En realidad, la vida la habían entregado ya al aceptar su vocación. La fidelidad a la llamada del Señor no admite revisiones.
El día 2 de febrero, fiesta de la presentación de Jesús en el Templo y de la purificación de María, se celebra el día de la vida consagrada. Todos los que han escuchado la invitación de Jesús saben que su vida es una ofrenda de fe, un servicio de amor y un testimonio de esperanza. Y saben que testimonio y martirio son palabras sinónimas y dos caras de una misma vocación.
Ante la jornada de la vida consagrada, todos hemos de reconocer la grandeza de esa llamada. Pero nadie puede ignorar el drama en el que se enreda la decisión fundamental de seguir a Jesucristo hasta el final, para la vida del mundo.