Las Bienaventuranzas
Liturgia dominical
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
Leemos este domingo uno de los textos más conocidos de los evangelios. El Sermón de la Montaña no se dirige a los individuos aislados; tampoco a una élite dentro de la Iglesia; ni interpela de forma inmediata al mundo entero. Este discurso es, más bien, la línea directriz de la Iglesia que, como nuevo Pueblo de Dios, tiene que ser sal de la tierra y luz del mundo. En este sentido, el Sermón de la Montaña es también universal e interpela a todos los hombres. Pero sólo a través de la Iglesia, que tiene la obligación de convertir a todas las naciones en comunidades de discípulos. Es importante este punto de vista, porque nos hace caer en la cuenta de que, aunque las exigencias del Sermón sean muy difíciles de cumplir para los individuos aislados y muy difíciles de entender para los hombres en general, sin embargo tienen grandes oportunidades de realizarse en el seno de las comunidades cristianas, cuando éstas procuran ser, ante todo, aquellos espacios colectivos en que toma cuerpo el Espíritu de Jesucristo.
El texto de las Bienaventuranzas contiene en esencia todo el programa del Reino de Dios y este programa propone una completa inversión de valores que, a una mirada superficial, puede aparecer como si constituyera un atentado contra los anhelos más profundos del hombre, contra su dignidad y su plenitud: el elogio de la pobreza, del llanto, del anhelo de justicia, de la mansedumbre, de la compasión, de la pureza, del pacifismo, de la persecución... Todo ello puede causar la impresión de una exaltación más o menos masoquista de las limitaciones humanas. Pero, analizadas en profundidad, todas estas propuestas de Jesús corresponden a un nuevo modelo de hombre y de comunidad que, lejos de destruir las potencialidades humanas, intenta llevarlas a la máxima realización. es en el seno de cada una de las comunidades cristianas donde debe procurarse llevar a cabo ese programa ideal que representan las bienaventuranzas, ideal que intenta superar el egoísmo individual y colectivo para llegar al altruismo y a la solidaridad; suprimir la agresividad y la violencia para construir la concordia y la paz.
De ahí que no se deba pretender vivir la fe de una forma individual, sino comunitaria. El cristiano no es un ser solitario, sino solidario, que vive su fe dentro de la familia de los cristianos y tiene como propios los gozos y las esperanzas, las angustias y las tristezas de los demás. Un modo de vivir, el de la fraternidad cristiana, que es hoy muy urgente: la crisis económica debe despertar ese sentimiento de ser solidarios unos con otros en lo bueno y en lo malo y dar un ejemplo a nuestra sociedad, tal y como hacían los primeros cristianos. De este modo, la «Iglesia de los pobres» y de los mansos, y de los pacificadores... se convertirá en «sal de la tierra» y «luz del mundo». Los cristianos seremos testigos veraces de que otro mundo, otra forma de vivir, es posible y no sólo posible sino conveniente.