Diario de León

Publicado por
ANTONIO NÚÑEZ
León

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S i usted se topa estos días en el barrio con un tipo cariacontecido y cabizbajo, cuya jeta le suena de algo, lo más probable es que sea diputado o senador. Les van a rebajar la pensión máxima de dos mil cuatrocientos y pico euros, a la que antes tenían derecho por sentarse dos legislaturas en el sillón oficial, que son miles y miles de horas cansinas. La idea fue de Rosa Diez (UPD), luego copiada por Mariano (PP) y por último asumida por Bono (PSOE) para no quedar en evidencia, aunque la evidencia estaba clara para todos, empezando por esos tres.

Los políticos son una casta privilegiada que se pone a sí misma el sueldo por cuenta de los demás sin que nadie pueda decirles que no. En la empresa privada esto es imposible con la única excepción de Botín, que para eso es el amo del Banco Santander sin abusar. Todo empezó cuando en la transición democrática -"hagamos memoria histórica-" algunos pispos empezaron a decir que la política debía tener sueldos dignos para evitar las corruptelas del franquismo y tentaciones mayores. De aquellos polvos, sin embargo, vinieron luego los lodos de Roldán, el Gal con fondos reservados y compañía, porque hay cosas insaciables, no sólo la flauta de Berlusconi. En el Congreso, el Senado, las autonomías, diputaciones y ayuntamientos la clase política se sube el sueldo, casi siempre por unanimidad al comienzo de cada legislatura. Luego y después del primer mosqueo de los votantes vuelven a ponerse a parir entre ellos, pero ya en la sobremesa.

Tierno Galván, de cuya muerte se cumplen ahora veinticinco años, propuso cuando era alcalde de Madrid y se debatían estas menudencias que parlamentarios y concejales cobraran «una peseta simbólica más» que antes de llegar al cargo. La iniciativa del viejo profesor no cuajó porque resultaba que muchos iban a percibir justamente eso: una peseta. Mire el lector las papeletas de votar, por ejemplo en mayo, y calcule cuántos de los que vienen allí le han dado antes un palo al agua.

Hay quien opina que en un país con cinco millones de parados y el doble de jubiletas los recortes de las pensiones máximas de sus señorías son el chocolate del loro. Podría ser, pero en tres décadas largas de Congreso y Senado han comido y engordado muchos miles de loritos, la mayoría de los cuales no saben hablar sin faltas de ortografía ni cuando repiten las consignas del partido. Se les ha visto demasiado el plumero y por un poco de alpiste de menos tampoco va a pasar nada.

Y eso precisamente es lo que servidor teme. Ha dicho muy dignamente Bono que los diputados van a ser los primeros en autolimitarse la jubilación para dar ejemplo en tiempos de crisis poco menos que por el código nipón Bushido. A ver cómo lo concretan porque uno es de los que piensan que no se van a hacer el harakiri. Como mucho un poco de pupa en el dedo de apretar el botón en el escaño y quién sabe si con anestesia. Rajoy, por su parte, habla de regeracionismo en la vida política, luciendo barbas parecidas a las de Joaquín Costa cuando hace siglo y pico pedía más pantanos para una España campesina y caciquil y menos verborrea en el Parlamento. Ahora serían más empleos en la industria y los servicios y ninguna cuñada en las administraciones públicas, incluido Villaquilambre. Aunque para regenerar esto habría que echar, como mínimo, a dos generaciones y vigilar muy de cerca a la siguiente, porque algunos ya apuntan maneras.

No espero yo ver a políticos, agelcos y demás familia pidiendo limosna por las calles después de la burbuja inmobiliaria. Y, si los divisara, sería aun peor para los pobrines del hogar del transeunte: seguro que los otros se quedaban con las mejores esquinas. Éste es también un aviso para el vendedor del cupón de la Once, a ver si me da por lo menos un reintegro al lado de la caja de ahorros como a los grandes morosos, que en el peor de los casos nunca pierden y lo comido por lo servido.

En treinta y tantos años de profesión, que dan mucho de sí, no he conocido ni a un solo político que haya perdido dinero. Si acaso el exministro de Exteriores, Fernando Morán, el de los chistes de cuando Felipe González, al que tuvo que recomendar el rey don Juan Carlos poco menos que para conserje del palacio de Aranjuez después de haber dedicado toda una vida a la diplomacia. A Morán, que tenía a su mujer enferma terminal, no le llegaba el retiro ni para comprar los periódicos, así que iba al kiosko de su calle madrileña, los ojeba por encima como quien no quiere la cosa y volvía a casa.

Menos mal que todavía quedan kioskeros con sentido de Estado.

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