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OLGA Merino
León

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Tras el despegue del avión, la azafata o el sobrecargo corren la cortina que separa la clase business de la clase de tropa. Suelen hacerlo con un gesto demasiado enérgico para un visillo tan liviano. Un tirón brusco, casi enojado, de institutriz victoriana, como si detrás de la tela se escondiese el tesoro de Alí Babá, la habitación de los juguetes prohibidos o alguna escena subida de tono.

Solo he viajado una vez en primera clase -fue por pura chiripa, una Nochebuena en que había overbooking en el vuelo de Moscú a Fráncfort-, y al otro lado de la cortina no se cocía nada extraordinario, salvo que los altos disponían de más espacio para estirar las piernas. Sonrisas extra de la tripulación, el ofrecimiento de un aperitivo, si acaso, y platos de loza en lugar de cubiletes de plástico; la comida estaba caliente, eso también.

Pero ningún aditamento que justificase pagar el doble o el triple por llegar al mismo sitio, a la misma hora, en el mismo aparato. Está anocheciendo detrás del cristal de la ventana. La luz menguante aún permite distinguir las copas de los plátanos, el milagro renovado de que en apenas 10 días se hayan cubierto de hojas verdes que parecen buenos presagios.

A esta hora en que la vida transcurre más lenta, se entiende que la cortina del avión separa quizá otra cosa. Divide algo más que el menú de primera clase del estofado con sabor a sopicrem: aísla dos planos de realidad que transcurren paralelos sin rozarse, el de la gente corriente y el de los eurodiputados -se equivocaron, dicen- que se aferran a sus prebendas en época de hachazos presupuestarios.

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A este lado del espejo se confunden las sombras. A sus habitantes, medio sonámbulos ya, se les mezclan el estupor, el hipo por las carcajadas y los síntomas de un descreimiento que se solapa con el dolor de cabeza. A veces, sienten un hormigueo ascendente por las piernas. Quizá se deba al exceso de polen arbóreo por la llegada de la primavera. O no, lo más probable es que se trate del síndrome de la clase turista; o sea, el barrunto de un cabreo morrocotudo.