Ante la soledad humana
Cada día su afán José-Román Flecha Andrés
Todos podemos recordar las horas y los días que hemos pasado solos. Pero también recordamos muchos momentos en los que nos hemos sentido solos. Y en tercer lugar, tal vez podamos confesarnos a nosotros mismos las ocasiones en las que nos hemos sentido llamados a hacer solos un camino de mayor exigencia, de sincera escucha y de generosa entrega.
Estas experiencias y recuerdos nos hablan ya de la complejidad que se esconde tras la palabra soledad. No es extraño que se hable de «situaciones de soledad», así como del paso, siempre posible aunque difícil de «la soledad de condición» a la «soledad de vocación».
Muchos de nosotros nos hemos visto a veces tocados por esta triple experiencia. Tal vez nos hemos quejado de una soledad que nos parecía tan pesada como un castigo impuesto por una culpa. Pero tal vez en alguna ocasión hemos deseado alejarnos del ruido y la algarabía de este mundo para encontrarnos con el rayo gratuito de la verdad, de la bondad o de la belleza.
De todas formas, tanto el temor a la soledad como el anhelo con el que la buscábamos nos remitían a nosotros mismos, a nuestro deseo inconsciente de comodidad y autoafirmación, de seguridad o de paz interior.
Pero, hemos de reconocer que en alguna ocasión, también hemos podido asomarnos a la soledad de los demás. Unas veces para compartirla y tratar de ofrecer un gesto o una palabra de comprensión o de consuelo a quien pasaba por un tiempo de duelo y de prueba. Y otras veces para admirar la valentía de quien recorría a solas un camino que nosotros hubiéramos querido emprender alguna vez. O la fe de quien se atrevía a dejar apariencias y efímeros honores para encontrarse a solas con Dios y su misterio.
Todas esas experiencias y sensaciones requerían de nosotros un momento de pausa. Era necesario descubrir su sentido y descubrir en ellas nuestra propia identidad, nuestra silueta interior y nuestra vocación personal. La soledad nos interpela y nos llama. Seguramente porque no podemos imaginarla como una realidad lejana, intocada e intocable. Estamos seguros de que tarde o temprano hemos de vivir esa situación. Y sabemos que nos interesa vivirla con una conciencia lúcida de lo que exige de nosotros.
En los días de la Semana Santa la imagen de la Virgen y Madre de la Soledad recorre muchas de nuestras calles. Los miembros de muchas hermandades dan testimonio de hacer de la soledad de María un motivo de meditación y un signo distintivo de su religiosidad y hasta de su compromiso social.
La veneración de la Madre de Jesús, cuya soledad recordamos y meditamos en estos días, exige una respuesta razonada y un compromiso cristiano. En esa imagen venerada por la religiosidad popular se puede encontrar una guía para nuestra responsabilidad de creyentes.
Quienes contemplamos la soledad de María no podemos quedar indiferentes ante la soledad de nuestros hermanos. Los enfermos, las personas abandonadas y los ancianos reclaman nuestra atención y compañía. La soledad humana es un desafío a la solidaridad humana.