Domingo de Ramos
Liturgia dominical
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
El domingo de Ramos evocamos la entrada de Jesús en Jerusalén. Jesús está en camino hacia el templo, como etapa final de su subida que lo es hacia la cruz; ésta es su última meta. Jesús entra en la ciudad montado en un borrico prestado. Todo esto parecerá irrelevante para el lector de hoy, pero para los judíos contemporáneos de Jesús está cargado de referencias importantes. En cada uno de los detalles está presente la condición regia de Cristo. Jesús reivindica el derecho del rey a requisar medios de transporte, un derecho conocido en toda la antigüedad. El hecho de que se trate de un animal sobre el que nadie ha montado todavía remite también a un derecho real. También echar los mantos tiene su sentido en la realeza de Israel. Lo que hacen los discípulos es un gesto de entronización en la tradición de la realeza davídica y, así, también en la esperanza mesiánica que connota. Los peregrinos que suben con Jesús a Jerusalén se dejan contagiar por el entusiasmo y alfombran con sus mantos el camino por donde pasa. La Iglesia saluda al Señor como quien llega en nombre del Señor. Y lo saluda al mismo tiempo como Aquel que sigue siendo el que ha de venir y nos prepara para su venida. Como peregrinos, vamos hacia Él; como peregrino, Él sale a nuestro encuentro y nos incorpora a su «subida» hacia la cruz y la resurrección, hacia la Jerusalén definitiva que ya se está desarrollando en medio de este mundo.
Pero en el templo, donde debía realizarse el encuentro entre Dios y el hombre, halla a vendedores de palomas y cambistas que ocupan con sus negocios el lugar de oración. Resulta que predominaban allí los negocios, legalizados por la autoridad competente que, a su vez, participaba en las ganancias de los mercaderes. Los vendedores actuaban correctamente según el ordenamiento vigente, pero éste estaba corrompido. Contra el orden mal interpretado Jesús, con un gesto profético, defiende el orden verdadero que se encuentra en la Ley y en los Profetas. Esto también nos debe hacer pensar a los cristianos de hoy: ¿nuestra fe es lo suficientemente pura y abierta como para que, gracias a ella, también los «paganos», las personas que hoy están en búsqueda y tienen sus interrogantes, puedan vislumbrar la luz del único Dios, se asocien a nuestra oración y también ellas se puedan convertir en adoradores? La convicción de que la codicia es idolatría, ¿llega también a nuestro corazón y a nuestro estilo de vida? ¿No dejamos entrar, de diversos modos, a los ídolos también en el mundo de nuestra fe? ¿Estamos dispuestos a dejarnos purificar continuamente por el Señor, permitiéndole arrojar de nosotros y de la Iglesia todo lo que es contrario a él? ¿La pasión del Señor y sus pasiones son también las nuestras?