Los susurros de Dios
Liturgia dominical
En tiempos de crisis religiosa y de persecución, Elías rehace el camino de Moisés y peregrina al lugar de la gran experiencia religiosa: el monte Horeb. Elías, representante de los profetas, vuelve a las raíces del pueblo de Israel y a los orígenes de su historia. Con ello significa que su reforma religiosa, por cuya causa es perseguido, entronca directamente con la obra de Moisés: toda reforma autentica de Israel es una restauración de la alianza con Yahvé. Si el huracán, el terremoto y el fuego abrasador fueron señales de la presencia de Yahvé en el Sinaí, ahora el Señor se revela al profeta Elías en el susurro de la brisa. La manifestación es diferente y se acomoda a los nuevos tiempos que inaugura Yahvé por medio de los profetas. La brisa es el símbolo del Espíritu de Dios y de la fuerza renovadora que ejerce por medio de éstos.
El relato del evangelio es bello y reconfortante. Con un estilo poético, lleno de misterio, las palabras del evangelio invitan a vernos a nosotros mismos en el lago, sorprendidos ante la sacudida de las olas, asustados porque de noche todo parece más difícil, y viendo que el viento es contrario, que no se avanza, que las cosas no funcionan. Y pensando, como pensarían los apóstoles, que lo de ser discípulos de Jesús sirve de muy poco, puesto que Jesús no está, se ha ido y nos ha dejado solos en el lío. Pero resulta que Jesús sí está. Y está ahí, sobre el agua, animando el camino de la barca. Lo que ocurre, lo que nos ocurre, es que nos cuesta mucho reconocerlo y creer que realmente está ahí. Nos cuesta mucho oír su voz que dice: «¡Ánimo, soy yo; no tengáis miedo!». Y, además, cuando lo reconocemos, cuando le pedimos que nos haga caminar sobre el agua, ocurre que tampoco nos fiamos del todo y nos hundimos. Y él tiene que decirnos aquello de «¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?»
Evidentemente todo parecería más fácil si la presencia de Jesús ante nuestra barca -y ante la barca del mundo, y ante la barca de la Iglesia- fuese una presencia más clara; fuera un empujón que resolviera nuestros problemas de golpe. Pero resulta que no: la presencia y la compañía de Jesús no es ningún envite que lo arregle todo; es una presencia suave, misteriosa, discreta. Es una presencia semejante a la de Yahvé en la primera lectura -también poética y llena de belleza-. Una presencia que no es un viento huracanado que agrieta los montes, ni un terremoto que rompe los peñascos, ni un fuego que lo arrasa todo. Sino que es un susurro de la brisa: la presencia del amigo que acompaña y ofrece su mano. Todo esto es importante para nosotros. Es como una invitación a reforzar nuestra relación con Dios Padre y con Cristo. Y es, sobre todo, una invitación a creer, a orar con confianza, a no tener miedo.