CORNADA DE LOBO
Dómine Elpidio
Elpidio tenía un don que nadie se atrevería a apearle del trato o saludo, don Elpidio. Murió el viernes tras un siglo de vida bien cumplida (102 tenía). Al esfuerzo y a la tenacidad en conseguirlo le adiestró su origen babiano en el que se casan los álvarez, barriadas o marcellos, allá en Torrebarrio.
Don Elpidio fue mi maestro en El Cid. Al iniciar el bachillerato, pude vaguear el primer curso porque lo llevaba casi todo aprendido de su clase, incluso raíces cúbicas de tercero. La Enciclopedia Álvare z era todo; lo demás, paciencia de dómine, pizarra y tintero... ¿el aula?, grande, techos altos, pupitres viejos... ¿los inviernos?, estufa y sabañón... ¿la entrada?, formados en el patio cantando el himno nacional mientras se izaba bandera... ¿el patio?. una algarabía de guajes con pelota y pelotera de pardales o tordos en su gran castaño pilongo... escuelas nacionales, lección recitada, palmetazo, leche en polvo y queso americano en lata... ¿y enfrente?, dos hileras de acacias con achicholas y un tendejón cuartelero de Intendencia donde se amasaban los chuscos para la soldadesca del Ferral y Almansa... estrenábamos un 1960 que comenzaba a sacudirse de encima, al fin, la piojera de una postguerra eterna.
Don Elpidio era un maestro cabal de vieja raza y formalidad. Nunca acababa su jornada con el último timbrazo y allí seguía con unos cuantos voluntarios enseñándonos encuadernación. Nunca jubiló la cabeza y en sus largos años de ocio jubilar no desaprovechó actividades, muestras, conferencias o bibliotecas para seguir aprendiendo... ni desatendía la rabiosa actualidad de los días que leía en los periódicos para trillarla con sus compañeros de tertulia mañanera en el Mister Pib , alguno tan centenario como él... paseante infatigable con bastón tardío, enhebraba la charla de acera alegrándose de verte... fiel a sus rutinas, a su misa, su sol de invierno o su dieta moderada, cuidaba su compostura trajeándola bajo una gorra fina de mayoral elegante. Daba envidia verlo así de lúcido y juncal hasta sus postrimerías. Mereció la edad que le sonrió con largueza porque nunca dejó de ayudar. Colaboraba, se apuntaba y jamás rindió su utilidad ni cuando las piernas se negaban.
Ganó la paz... y la honra le es debida.