CORNADA DE LOBO
Once añitos
Ocurrió en Aquisgrán, oeste de Alemania, hace unos días (y ya puedes ir poniendo tus barbas a remojo): «Un niño de 11 años denuncia a su madre a la policía por obligarle a trabajos forzados ». ¡Once años! La policía pregunta al mocoso en qué consiste la tortura: «Mi madre me obliga a limpiar todo el día y no me deja nada de tiempo libre». ¿Abuso infantil?; la poli le pide que concrete: «me obliga a limpiar la casa y la terraza». La poli sigue el protocolo y se presenta en la «explotación». Soponcio de la madre que alucina. Ya repuesta, les informa que solamente le manda arreglar su cuarto y lo que él mismo desordena o mancha... y que la criatura ya le amenazaba últimamente con denunciarla cada vez que le encargaba su tarea. La poli sigue con el protocolo y emite el pertinente informe a la fiscalía de menores. El escrito y la cosa no fueron a más.
Pero en los archivos policiales ha quedado el rastro de esa infamia sin nombre; y en el barrio de la madre, la broma o la maledicencia. La noticia no cuenta qué pudo pasar después. Ni quizá nadie sepa nunca cómo se ha negociado en esa casa el disgusto... y el ajuste o rendición de cuentas.
¿Qué poder personal e íntima satisfacción habrá experimentado ese cabrón al ver a la policía en su casa acojonando a su madre? ¿Se arrepintió el chaval de tamaña fechoría o le sirvió de combustible para incendiar la mirada y seguir encarándose?... y sobre todo, ¿qué hacer con un crío así?...
Solución antigua : «Pasa, que cenas».
Resuelto el entuerto con la poli, vuelve la madre a casa con el cabroncete y esperan al padre, que es quien resuelve estos casos con broncón de decibelios y una panadera pertinente que le pone el culo como a un mandril, «te quedas sin merienda, nada de tele en un mes y dejas tu cuarto como la patena».
Solución correcta y política : «Eludan ustedes cualquier razón de fuerza . Llévenlo al psicólogo. Les indicará la necesidad de dialogar con el crío estableciendo vías de «comprensión del otro». Es posible que el chaval sea refractario. Insistan cada día en el diálogo. Y así, después de un mes, se sentirá el cabrón con todo el derecho a denunciarles por maltrato moral y tortura psicológica».