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León

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Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

Que la Iglesia permanezca siempre con la ayuda de Dios no asegura la estabilidad de cada uno de los cristianos; mayores árboles han caído. Ni asegura una fe personal, ya que es un don que puede perderse. Nadie puede decir: «A mí no hay quien me quite la fe», como si no fuera un regalo de Dios. La parábola de la viña, que describe alegóricamente los principales acontecimientos de la Historia de la Salvación, enseña que el pueblo elegido debe velar siempre para dar el fruto debido.

La Eucaristía es participación gratuita en el mejor de los banquetes, el de la nueva alianza por la sangre de Cristo Pero debemos ser conscientes de que si Cristo no le falla nunca al Padre, nosotros sí podemos fallar. Por eso es necesario escuchar la palabra de Dios, no como palabra del pasado y para otros hombres, sino como dirigida a nosotros que somos hoy la viña del Señor. El evangelio es promesa y Dios es fiel y poderoso para cumplirla. Sin embargo, por lo que toca a los hombres, esta promesa puede quedar frustrada por nuestra culpa. Y así es fácil comprobar que en nombre del cristianismo o de la cultura cristiana o de los «valores cristianos de occidente», se han producido a lo largo de la historia frutos amargos. Sin ir más lejos, la crisis económica que nos afecta, es en el fondo una crisis de valores morales.

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Estamos ante Dios y debemos responder con actos, con fidelidad, con gratitud. Administremos bien lo dado. Primero valorémoslo y luego sepamos gastarlo con generosidad. Solamente llevados por la gratitud podemos dar uso adecuado a lo recibido. Cada uno tenemos un asunto de relación personal con Dios: nuestra vida, en el fondo, es un «conflicto con Dios», que se dirime y ventila en cada momento de nuestra existencia. O nos consideramos herederos, y por tanto agradecidos, o nos consideramos dueños, y por eso autosuficientes. La soberbia está agazapada en nuestro interior. Espera cualquier oportunidad y la aprovecha con los mejores argumentos. A la luz de esta parábola confrontemos nuestras actitudes con respecto a Dios, a la Iglesia y a la misma fe. Preguntémonos si enfocamos nuestra vida como algo dado de lo que hemos de dar cuenta o como algo nuestro con lo que podemos hacer lo que nos parezca bien, sin norma y sin referencia superior. La salida no es un consejito. Es una aventura en la confianza.