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León

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Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

La invitación a la alegría es el mensaje central de la liturgia de este tercer domingo del Adviento. La afirmación de la presencia de los tiempos mesiánicos y la exhortación a la alegría que proviene de esta certeza. Conviene tener presente el sentido profundo de la misión de Juan Bautista, tal como aparece en el evangelio de este domingo. Existe un proverbio que dice: «Si alguien te señala el cielo, no te quedes mirando el dedo». Esto es precisamente lo que el Bautista quiso decir a sus contemporáneos que le preguntaban quién era él y cuál era su misión. Allanar el camino del Señor es sacar de nosotros todo aquello que no responda a este progreso hacia el Reino, es favorecer -abrirse- a todo aquello que nos conduzca hacia el Reino. Quizá se podría proponer, quince días antes de Navidad, un examen que cada uno pueda hacer sobre la realidad de su vida: ¿sabemos rechazar lo que es obstáculo al camino, sabemos adherirnos entusiásticamente a lo que favorece este camino de Dios en nuestra vida? Un examen que sería una útil preparación para la Navidad, para la celebración de la venida -ayer, hoy, mañana- del Señor a la vida concreta de cada uno y de todos. Y de ahí nace la alegría verdadera.

El motivo de nuestra alegría es porque Dios está cerca y porque viene a nosotros como Salvador, como Libertador. Aquí está la raíz de nuestra alegría: en que hemos sido rescatados del poder del maligno y trasladados a un mundo inundado por la gracia. En que Dios se ha hecho de nuestra carne y de nuestra sangre. En que su madre es nuestra madre y su vida es nuestra vida. En que somos pequeños y miserables y llenos de defectos, pero que en nosotros puede resplandecer el poder y la misericordia de Dios. Por eso no nos extraña que Pablo nos insita hoy: «Estad alegres, y dad gracias en todo momento», «y que el Dios de la paz os consagre en cuerpo y alma». El motivo nos lo dice él mismo: «El que nos ha llamado es fiel, y cumplirá sus promesas».

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Una noticia que compromete. Claro que esa buena noticia es también exigente. No hay en el fondo nada más exigente que el amor y la amistad. Las tres voces que hoy hemos escuchado nos invitan a este compromiso. «El Señor hará brotar la justicia», nos ha dicho Isaías: no puede ser profunda una alegría si no trabaja por mejorar las cosas, la vida, la sociedad. «Guardaos de toda forma de maldad» ha sido el lema de Pablo: precisamente porque entendemos como noticia festiva la venida de Cristo, eso nos obliga a aceptar su programa: su forma de vida, y a rechazar la maldad, el pecado: todo lo anti-cristiano. Y lo mismo el Bautista, que nos repite hoy la consigna que ya el domingo pasado le escuchábamos: «Allanad el camino del Señor». Y todos sabemos que preparar el camino al que viene es una actitud muy activa y comprometida. Alegría y trabajo es el programa para todos. Nuestro mundo de hoy necesita en verdad las dos llamadas: a la alegría y a la responsabilidad.