CORNADA DE LOBO
«Día de olivos»
Después de despedir el año con Pradatope y sus cercanos, ardiendo leño en la chimenea y alargando bien la sobrecena, nos levantamos a las diez porque Ricardo Gancedo tiene dormir de liebre y ya andaba fresco llamándonos a capítulo y a café con tosta. Estaba impaciente por empezar su tarea para ese día y estrenar el año como manda el Sentido en tiempos de apuro, esto es: aplicándose a trabajar los sueños y a sembrar afanes. Tras apurar el café, hube de llevarle hasta una pequeña finca en las afueras de Cacabelos, porque si no, se me largaba andando el tío... quieto ahí, le dije, que es una tacada de mucho andar (Ricardo tiene hebras de bilorta a sus 67 y habría hecho tan pichi 7 kms.).
La carrera le valió a este taxista una lección imborrable y una felicitación de Añonuevo creíble, estimulante y esperanzadora, porque al llegar a las tierras donde iba Ricardo, un tractorazo faenaba arrancando zarzas, raigambre de maleza y todo el abandono en el que estuvo aquel sitio en los últimos años. Se detuvo la máquina, bajó de ella un mocetón brioso y bromeé diciéndole que trabajar así no era forma de principiar el año, como quien dice « no quieren ver los gitanos a sus hijos con buenos principios », pero asombrándome a la vez de ese anónimo ejemplo suyo que nunca sería noticia.
¿Y qué sueño o afán les llevaba a los dos a laborar a esas horas del Añonuevo cuando media humanidad se aceporraba aún entre sábanas y resacones?...
¡Olivos!... sí señor, olivos.
¿En el Bierzo? Sí, aquí, donde ya se cultivaban cuando la España olivarera era islámica, ¡olivos!... Lo dice Ricardo con pasión iluminada: el aceite más fino de España será de olivas bercianas. Se demostrará. No es sólo un sueño. Es un horizonte sembrado.
Y sembrando dejé a los dos.
Y cavilando en ello estuve todo el día.
Y celebrando ser testigo de este sueño plantado, me puse a consignarlo.
Tardarán esos olivos en rentar, pero dentro de cien años, algún asombrado preguntará quién plantó aquel sueño profético que enriqueció el jardín berciano e invitó a cien soñadores que, como Ricardo o Prada, hay que plantar urgentemente en esta tierra, ya... Y al Añonuevo, llamarle «Día de olivos».