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PEDRO TRAPIELLO
León

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Tápate la boca con la mano cuando sea una confidencia lo que vayas a largar. Si las paredes oyen, susurra tú; si tienen ojos (cámaras), tápate.

Las cámaras leen los labios y, tras haber escarmentado en cabeza ajena o en «pilladas» propias, Rajoy y Montoro se tapan la boca con la mano cuando cuchichean sus cositas en estrado, en público o con cámaras delante («secretos al oído, niños sin sentido», nos decían las señoritas antiguas en la catequesis).

Las parejas de dobles en tenis son de las más antiguas en este arte de esconder boca en oreja su jugada poniendo la mano como raqueta por delante. Y la segunda función que tiene el abanico no es otra que la de poder emboscar las mujeres sus chismorreos tras una tapia de tela y cañas.

Y en reuniones o fiestas, ¿quién no se china al ver a dos amigos (no digo ya enemigos) cotilleando a la oreja y echando risitas o reojos?...

Pues bien, dice Sócrates que sólo nos queda volver al boca-oreja tapada en estos bosques de videocámaras e informáticas si queremos seguir creyendo en el secreto y su inviolabilidad... y en lo confidencial como derecho.

Hoy por hoy, nada de lo que se dice por teléfono o se escribe en el ordenata o se fisga por internet o se le cuenta al banco tendrá ese derecho al secreto; queda todo registrado en un almacén bestial donde podrá escarbar y encontrarlo fácilmente todo aquel cabrón que quiera hacerte cosquillas o buscarte la ruina. Y entre la raza de los cabrones, ten por seguro que estarán un día todos los estados, como lo está China desenchufando al conocido artista Weiwei de sus conexiones a la red porque colocó cámaras en su casa (ahí está cautivo) para que el mundo viera al instante lo que hace, lo que no puede hacer o lo que podrían hacerle.

Y Francia aplicará programas informáticos policiales para detectar a toda persona que visite en internet páginas de grupos terroristas (léele sus derechos: «...y todo lo que hayas fisgado será utilizado en tu contra»). El poder sabrá todo lo que mires, tus lugares frecuentes en internet, tus sms, tu posición... y tendrán tu peor retrato.

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¿Y el derecho al secreto?... pues lo que decía Azaña: «Si quieres guardar un secreto en España, publícalo en un libro».