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PEDRO TRAPIELLO
León

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Tuvo algún delirio el tío al declarar « me siento como un toro bravo que se crece con el castigo» .

Para ser tan culto el señor ministro, no eligió muy bien el bicho o el ejemplo, pues aunque el toro bravo se crezca con el castigo (o no, que en cada corrida los hay siempre mansos, resabiados, tolones o bizcofalsos) y aunque el toro se revire queriendo segarle la femoral al que le burla, lo cierto es que ese cornudo acaba saliendo siempre por la puerta de arrastre atado a unas mulillas camino del desolladero... es el destino de esa raza, señor ministro, elija otra, no sea usted gafe con sus símbolos... claro, que tampoco es manco nuestro destino: cada vez que miremos un teclado de máquina de escribir u ordenador, estamos condenados a ver sólo dos palabras en esa sopa de letras... no asoma ni un otro vocablo o monosílabo en ese impronunciable barullo de consonantes... pero en la línea superior, las teclas debieron ser ordenadas por algo más que el azar o la casualidad... ¿son esas dos palabras algún mensaje cifrado de alguna inteligencia superior que quiso advertirnos de algo fatal o terrible?... porque ahí pone muy claro un Wert seguido de yuio (¿yuyu, mieu?)... uy... y ahí seguiremos viéndolo una eternidad.

Wert es un perfecto bocas, tipo entrenado en sobrecenas políticas o debates sobre el sexo en los arcángeles... pero lo peor no es ya que crea tener la razón, sino que se empeña siempre en explicártela... y se pierde... o le pierde su verdadero yo... y su clientela.

En fin, que se nos ha vestido de toro ese señor ministro que tiene embroncada a toda la cultura, a la enseñanza, a las lenguas, a las nacionalidades... y que tiene a la plaza entera empañolada y clamando al presidente que devuelva a corrales ese cuatreño resoplón que derrota sólo por la derecha, o sea, que es más bizco el animal que una Justicia tuerta... en fin, que le pongan una canción de El Fari mientras se lo llevan... la del torito bravo que llevaba botines y no iba descalzo... esa misma.

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Ah, y Wert no es nada original; todo ezpañó se siente toro y hasta lo pone en su bandera. Lo propio del toro es embestir y ya Machado nos advirtió que aquí, en España, de cada diez cabezas, una piensa y nueve embisten.