¿Me quieres?
Liturgia dominical
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
Si Pedro, como experto, no le hace caso a quien le grita desde la orilla y confía en sí mismo, se queda sin pesca. Si Pedro, como autoridad, no escucha al discípulo-comunidad cuando le indica dónde está Jesús, no lo descubrirá. Si el discípulo-comunidad no confía en Pedro, aunque sea guía inexperto, pero que está atento a lo que ocurre y a las necesidades de todos, se queda sin garantía de unidad. Si Pedro no se arriesga y se preocupa obsesivamente de guardar su barca en buenas condiciones, limpia y seca, sin exponerla a ningún riesgo por miedo, se queda sin pescar. Si Pedro pierde sensibilidad para descubrir las necesidades de las otros, buscará mantener la ley y el orden y se cerrará a las posibilidades de lo nuevo. Porque todos nos necesitamos, todos debemos estar abiertos a los otros. La unidad de todos es la que hace posible responder al sentido de la comunidad nacida, no para conservarse a sí misma, sino para hacer posible un mundo nuevo más humano anclado en Jesús resucitado. A todos, cada cual según su propia vocación y misión, Jesús nos hace la misma pregunta: ¿me quieres?
Jesús está en las especies eucarísticas y también en la comunidad congregada en su nombre. Está con nosotros, entre nosotros, en nosotros, en el prójimo. Ahí es donde vacila nuestra fe. Cuesta poco creer que comulgando recibimos a Jesús, pero ¡cómo nos cuesta creer que comulgar es también recibir y aceptar al otro! Nos falta fe suficiente para llegar a descubrir en los hombres su dignidad de personas, la imagen y visión de Dios que nos ofrecen. Nos quedamos con las apariencias y no vemos que Jesús sigue vivo en cada uno de nosotros, en cada uno de los otros también. Porque todos, nosotros y todos, somos la misma familia de Jesús, el hermano mayor.
Somos testigos de que Jesús vive, a pesar de que lo crucificaran por ignorancia o malicia. Tenemos que ser testigos de los que sufren y padecen, contra los que oprimen, explotan y matan. Pedro y los apóstoles se sintieron contentos de padecer persecución y castigos por el nombre de Jesús. Que el Señor nos conceda el gozo de poder padecer y dar la vida para que el nombre de Jesús sea respetado en los pobres, en los marginados, en los que no pintan nada en el mundo. Dichosos, dice Jesús, los que sufren persecuciones por amor a la justicia, que es tanto como decir para que se haga justicia con los que injustamente padecen cualquier marginación. Esta es la fe de la Iglesia, la que confesamos delante de Dios y de los hombres, en el rito y en la vida, en la Eucaristía y en la vida pública, con palabras y con obras.