Diario de León
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León

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Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

La primera lectura y el Evangelio de este domingo nos narran dos escenas de curación, en las que Dios se muestra como un Dios de amor, cercano a nuestra Historia y, sobre todo, como un Dios de vida.

La respuesta de Dios a nuestra debilidad y a nuestra muerte es la vida: el destino que nos ha preparado y dado a conocer en su Hijo Jesús, es la vida para siempre. Ese es nuestro futuro, aunque no sepamos explicar cómo sucederá ni podamos entender el misterio de la muerte, cuya seriedad no podemos rehuir. Páginas como las de hoy, y sobre todo la Pascua que hemos celebrado, nos aseguran que Dios no quiere la muerte, sino que nos reserva un destino lleno de esperanza: la vida con Cristo. Nosotros no miramos a la muerte -la de nuestros seres queridos o la nuestra- como los que no tienen esperanza, sino con la serena confianza que nos da Jesucristo, vencedor en sí mismo y en nosotros de la muerte y que nos abre el camino de la vida. Ya desde el Bautismo hemos sido «sumergidos» en la muerte y en la resurrección de Jesús, y estamos llamados a la vida con El.

Supuestos este don de la vida y la realización completa en el más allá de todo lo que debemos ser, no deberíamos quedarnos en ver la vida como si sólo afectara a nuestro ser individual; habrá que considerarla como dada a todo el pueblo de Dios. La Iglesia, encargada por Cristo de resucitar a los que han muerto espiritualmente, espera ella misma del Señor su propia existencia y su vida, y así será signo de la resurrección para cada uno, ahora como si fuera una promesa, pero haciendo que podamos ya palpar las garantías de una vida definitiva. En realidad, la predicación de la Iglesia no tiene más que este fundamento: la resurrección otorgada a los hombres ya desde ahora, que hace que podamos escapar a la muerte del pecado, a la vez que los sacramentos vivifican a la Iglesia y a sus miembros, en marcha hacia la vida definitiva. Aunque estos milagros no sean tan espectaculares como el de Elías o los de Jesús con el hijo de la viuda de Naím o con Lázaro, en la Iglesia no dejan de producirse milagros de creación de vida y esperanza, no siempre visibles a los ojos terrenos.

Jesús nos presenta la muerte como un paso necesario para llegar a la vida definitiva. Una muerte que se va haciendo realidad en nosotros en la medida en que vamos muriendo a nosotros mismos -egoísmo, odio, codicia, individualismo...-, a la vez que la vida nos va brotando desde dentro cuando vamos viviendo para los demás. Así es como se implanta el reino de Dios. Afrontada de esta forma, la muerte es restituida a su verdad y se convierte en el paso a la vida eterna. Los cristianos así demostraremos que el reino de Dios no caerá del cielo, sino que se construye en este mundo a partir de un compromiso creyente, por el que movilizamos todas nuestras energías trabajando en favor de un mundo y de un hombre nuevos.

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