EL PAISANAJE
Arriba España
Franco no ha resucitado, así que quietos todos. Los que dicen que España va para arriba son Mariano, De Guindos y Montoro, según los cuales hemos tocado fondo, ya se ve una luz al final del túnel de la crisis y dejaremos de estar en crecimiento negativo. Sobre esto último o lo uno o lo otro, como dejan de crecernos a los hombres ciertas cosas a determinadas edades. Vas al urólogo con lo del crecimiento negativo y de síntomas lo primero que te dice es «serás todo lo periodista que quieras pero con esas dos palabras juntas explícame primero cómo aprobaste la reválida del bachillerato».
Barrunta uno que el Gobierno se ha lanzado en tromba a dar mensajes optimistas como sea porque no debe de irle muy bien en las encuestas. Un optimista —si cuela, cuela, entre los votantes— es sólo un pesimista mal informado. Así que uno, cuando le cuentan lo de la luz al fondo del túnel, se santigua y opina que, joder, tenemos otro choque de trenes. Respecto a lo de la recuperación económica pienso lo mismo que el lechero Red Tevy, el de El violinista en el tejado o sea que «como las cosas no pueden ir a peor necesariamente tienen que ir a mejor». En fin, el tonto de mi pueblo no se pisa el haba.
En tocante a lo de que ya hemos tocado fondo no vea usted cuánto rejuvenece un servidor, por lo menos veinte tacos, cuando en la penúltima crisis le hizo una entrevistilla al entonces síndico de la Bolsa de Madrid, Blas Calzada, «Señor Calzada», fue la primera pregunta y la última de lo que yo presuponía un hábil interrogatorio, «¿Hemos tocado fondo?». El otro me miró conmiserativamente y respondió: «Sí, hijo, ahora nos toca cavar». Ya no inquirí más bobadas y me limité a titular «Lo dijo Blas, punto redondo».
En un país con seis millones de parados, se dice pronto, es mejor tomarse estas alegrías gubernamentales a título de chiste como aquel del oftalmólogo que después de operar tranquilizaba a la familia del paciente con un «todo ha ido muy bien, pero perderá el ojo». Y una última broma sobre la política económica de Rajoy. Ha dicho Zapatero que le parecen muy bien todas las medidas del gallego. Cuerpo a tierra.
Por primera vez en España desde la posguerra de Franco el famoso cero siete por ciento de la declaración de la renta, entonces ni existía, se va a destinar a becas en los comedores escolares porque los chavalines llegan desnutridos de casa. Antaño le llamaban a eso auxilio social con plato único para toda la familia y ahora los papás acuden a Cáritas y el nene al cole con la recomensación de repetir curso. Por si acaso.
Si éste no es ya un país tercermundista que venga Dios y lo vea. Cuando yo era pequeño las monjitas del cole me daban el día del Domund una hucha para pedir «por los chinitos». Nunca entenderé por qué tenía en la ranura la cabeza reducida de un negrito. Joder con los chinos de ahora que tienen de todo en sus bazares. Cuando los parados los vemos pasar con envidia camino del curro, en el que se tiran unas treinta horas al día, nunca sabemos si es el chino de ayer, el del mes pasado o tal vez otro que ha pasado cien veces, porque todos parecen iguales. Y muy majos, por cierto. Otra cosa son esos restaurantes de todo a cien que proliferan por doquier, algunos en las mejores esquinas donde antes se arruinó más de un restaurador, otro palabro, autóctono que cobraba la leche por un chorizo y una morcilla. Mucho rollito de primavera, machos. Blas, el de las patatas, no y en eso se parece a su tocayo, el síndico bursátil madrileño, si bien Manolo también anduviera por allí un tanto despistado en el negocio.
Las próximas elecciones son al Parlamento Europeo, un ente etéreo que nos suda los cojones, con perdón, aunque pocas veces nos los toque. Ahí con listas medioabiertas y como nos da igual ese cementerio de elefantes se van a enterar los bipartidistas Mariano y Rubalcaba. Será un aviso y la mejor encuesta para las generales. Una vez, también con la gente muy cabreada, se presentó hasta Rumasa.
En el mercado de los sábados de mi pueblo, que es La Bañeza, había una vendedora, la Pitina, que pregonaba la mercancía al grito pelado de «dos peines, un duro». Era yo un rapaz de pantalón corto, pelo casi al cero y bastante apetito de garbanzos.
Hoy no daría ni un duro por un peine para las barbas de Mariano y Alfredo.
Tampoco merecen la pena, según hubiera dicho la Pitina.