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León

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Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

Al hilo de las lecturas de este domingo, me parece oportuno recordar lo que nos dice el Libro del Sínodo Diocesano de León de 1995: «Nos sentimos firmes en la confianza, porque somos herederos inmerecidos de la fe que nuestros mayores, durante muchos siglos, mantuvieron, proclamaron e hicieron crecer, ayudados de la gracia divina, a lo largo y a lo ancho de nuestra geografía. Nuestros templos, nuestros santuarios, nuestras ermitas, nuestros cruceros son monumentos en piedra que testifican que los granos de trigo que fueron nuestros antepasados, hundidos en la tierra regada por el sudor y por las lágrimas, han fructificado en nuevas espigas. Éstas terminan haciéndose piedras vivas en el sólido edificio de nuestra Iglesia diocesana... El rumbo de nuestra peregrinación nos lo señala y nos lo mantiene la esperanza de que un día, no lejano, Jesucristo, el Señor, volverá para entregar al Padre la obra terminada... Nuestra esperanza se reafirma cuando descubrimos que, en muchas de las inquietudes y de los acontecimientos humanos, hay «semillas del Verbo»; cuando adivinamos que, en los signos de los tiempos, están semiocultas las caricias de Dios; cuando entendemos que, en todos los intentos por humanizar la vida, las relaciones y la cultura, está presente el susurro del Espíritu Santo. Fe y esperanza nos proyectan a ser testigos del Amor de quien nos amó primero .

Nuestra caridad nace del corazón de Cristo dormido en la cruz y nos impulsa a admitir que Dios ama en nosotros lo que amaba en Él; a adivinar que, en el mandamiento nuevo del amor mutuo, está la señal de que su Amor es más fuerte que la muerte; a convertirnos en buenos samaritanos que hacen a los pobres y a los heridos por la vida nuestros preferidos; a poner la mano en el arado, sin volver la vista atrás, para roturar los surcos de un cielo nuevo y una tierra nueva, en la que ya no habrá ni muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor, porque todo lo viejo se desvanece como una niebla pasajera. En nuestro caminar hacia la casa del Padre, queremos dejar que se imprima en nosotros la misma imagen del Dios que escucha el clamor de los pobres y que se abaja hacia ellos, lleno de piedad y de misericordia. Queremos ver, en el hermano necesitado, el mismo rostro de Cristo doliente. Queremos ser la posada en la que el Señor dejó denarios suficientes para atender a los asaltados por las crueldades de la vida, hasta que Él vuelva. Queremos ser Iglesia pobre y humilde, que camina al lado de los pobres, y hace, de la dedicación a ellos, su razón de ser y de actuar. Con la mirada puesta en el horizonte, estamos engarzados sólidamente al pasado, animados por el ejemplo y seguros de la intercesión de quienes nos precedieron en la fe.

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Andamos por la tierra de León al lado de muchas gentes que buscan encontrar el sentido de la vida y que, a menudo sin saberlo, han engendrado multitud de obras y producido cientos de signos que barruntan los nuevos tiempos, porque están llenos de verdad, de bondad y de belleza. Queremos ser manos que lo incorporen a la obra reconciliadora que Cristo inauguró naciendo en un establo, viviendo en el Nazaret de la Galilea de los gentiles, compartiendo pan y camino con insignificantes y malditos, muriendo fuera de las murallas y enviando a sus amigos hasta los confines de la tierra».