Oración y vida: el Padrenuestro
Liturgia dominical
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
El tema de la oración toma fuerza y actualidad en este domingo. Es conmovedor el diálogo que sostiene Abrahán con Dios para tratar de lograr el perdón de Sodoma, la ciudad impura. La palabra diálogo es clave para entender el significado y las exigencias de la plegaria cristiana. Si la oración no fuera más que un monólogo del hombre consigo mismo, no sería preciso orar, pero la plegaria auténtica es un diálogo que se realiza en presencia consciente delante de Dios. Este diálogo surge desde la fe y la pobreza del hombre. En el Evangelio, la parábola del amigo inoportuno nos recuerda que Dios se deja siempre conmover por una oración perseverante. Por eso la tradición orante de la Iglesia es una tradición de súplicas, que manifiesta la actitud de abrirse confiadamente a la presencia, el consuelo y el apoyo que solamente pueden venir de Dios.
Jesús enseña, ante el interés de los suyos, qué es lo que hay que decir a Dios, al Padre, cuando nos pongamos a orar. Y empieza a desgranar los íntimos sentimientos de su corazón componiendo cada una de las peticiones del Padrenuestro: que el Padre sea santificado, conocido y amado, y que su reinado sea una realidad para los hombres. Está así abierto de par en par el corazón de Cristo, dejando al descubierto sus deseos más hondos. Pero sabemos que en ese corazón hay otra fibra sensible: el hombre, el hombre a quien el Padre habrá de perdonar tantas veces porque es hijo rebelde y débil. Y surge enseguida la petición del perdón acompañada de una llamada de atención de primer orden: el perdón lo pedimos porque estamos dispuestos a perdonar. Otro de los anhelos del Señor: su inquietud para que el hombre sea capaz de amar al hombre, cunado una de sus más espléndidas manifestaciones es el perdón. Todos sabemos que es fácil amar al que nos ama. Todos sabemos también que no es fácil hacerlo con el que nos ofende.
Sin embargo, según Cristo, hay que hacerlo y por eso la petición al Padre viene condicionada por el perdón al hermano, al hombre cualquiera que sea. Y acaba con una súplica que hay que silabear detenidamente: la de que no nos deje caer en tentación. Quizá ante el Señor pasasen rápidamente las tentaciones, de todo tipo, que rondan a los suyos a través de los tiempos y con cuánta necesidad los suyos deberían dirigirse al Padre para que las tentaciones no sofoquen sus buenos deseos. En el Padrenuestro se condensa la fe cristiana.
Cuántos «Padrenuestros» habremos recitado en nuestra vida religiosa pasando de puntillas por el contenido de sus peticiones, repitiendo sus frases mientras pensamos distraídamente en otras cosas que son las que de verdad nos interesan y en las que, por eso, ponemos nuestra atención. La realidad es que, tras siglos de cristianismo, muchos de los cristianos no sabemos orar. Hoy es buen día para aprender a orar. Rezar pausadamente el Padrenuestro, pensando en lo que decimos, detenernos en cada una de sus peticiones, saborear sus frases e intentar que esta experiencia nos impida, en lo sucesivo, repetirlo como si fuéramos cotorras.