El Papa no juzga a los homosexuales pero se muestra contrario al lobby gay
Francisco rompe el tabú de las ruedas de prensa y responde a todo tipo de preguntas .

El papa Francisco, a bordo del avión con destino Roma.
El papa Francisco declaró ayer que no juzga a los homosexuales, pero se mostró contrario al lobby gay, en unas declaraciones realizadas en el avión en el que viajó de regreso de Río de Janeiro a Roma.
En los cónclaves suele haber periodistas anglosajones preguntando con candidez cuándo será la rueda de prensa del Papa y todo el mundo se muere de risa.
El pontífice no se expone a las preguntas, no sea que le pillen, que meta la pata, que se desmorone su imagen de infalibilidad, el aura de misterio o que transmita la idea de que es accesible.
En el vuelo de regreso a Roma desde Río, Francisco destrozó ese tabú, otra barrera para poner distancia a la normalidad, igual que ha rechazado el papamóvil blindado porque no tiene miedo.
Salió a hablar con los periodistas y durante una hora y veinte minutos toreó con naturalidad, desparpajo y mucho humor todo tipo de asuntos, desde los más incómodos —Vatileaks, lobby gay, IOR— a los sentimientos personales. Fue una conquista más en su revolución, la caída del secretismo de corte, y dio una veintena de titulares.
Uno de los más sorprendentes fue su comprensión explícita de la homosexualidad, al hablar del ‘lobby gay’ en el Vaticano: «Se escribe mucho de lobby gay, todavía no me he encontrado ninguno que me dé el carné de identidad en el Vaticano donde lo diga. Dicen que los hay. Debemos distinguir el hecho de ser gay del hecho de hacer lobby. Si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para criticarlo? El catecismo dice que no se debe marginar a estas personas por eso. Hay que integrarles en la sociedad. El problema no es tener esa tendencia debemos ser hermanos. El problema es hacer un lobby».
Es una reflexión que hace cualquier cristiano de la calle, pero en realidad ha sido la primera vez que un Papa pronuncia la palabra ‘gay’.
La revolución de Francisco es la normalidad. Lo dijo al hablar del maletín con el que fue fotografiado al subir al avión al inicio del viaje: «No había dentro la llave de la bomba atómica. Cuando viajo lo llevo, con la cuchilla de afeitar, el breviario, la agenda, un libro para leer siempre llevo el maletín cuando viajo, es normal. Debemos ser normales, habituarnos a ser normales. La normalidad de la vida».
Bergoglio viene de abajo, de las parroquias, y tiene un concepto de ser Papa absolutamente moderno. A sus 76 años exhibe una frescura de ideas, lenguaje y actitudes que es un vendaval para la Iglesia.
El papa Francisco fue preguntado también si se siente jesuita, a lo que respondió rotundamente que sí y que piensa como jesuita, «pero no hipócritamente» señaló.