Guardaos de toda clase de codicia
Liturgia dominical
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
El camino de los cristianos es el mismo camino de Cristo. Tras la oración (domingo pasado) y la vigilancia (el próximo), hoy se nos habla del desapego de la riqueza. Jesús no nos invita a despreciar los bienes de la tierra, pero sí a no dejarnos esclavizar por ellos. Nos sugiere no dar valor absoluto o prioritario a lo material, porque hay cosas más importantes. Tampoco condena a los ricos o las riquezas (tenía amigos ricos e iba a su casa), pero nos dice que no debemos caer en la obsesión por las riquezas. La riqueza en sí no es mala ni buena: podrá ser malo su uso, y sobre todo la actitud interior ante ella. Lo insensato del rico no es que sea rico, o que haya trabajado en firme por su bienestar y el de su familia, sino que programe su vida prescindiendo de Dios y olvidando los valores trascendentales.
Hoy se nos invita a relativizar en nuestro corazón valores como el dinero -del que se habla hoy directamente-, pero también otros como el poder, el éxito, el prestigio, el placer, la buena vida. La avaricia, la ambición exagerada, la idolatría de la riqueza, van directamente contra el primer mandamiento: «No tendrás otro Dios más que a mí». Un ejemplo concreto y próximo lo tenemos en las vacaciones: una realidad merecida, necesaria, legítima, pero que no debe sorbernos el seso. Una cosa es el deseo de disfrutar de ellas y otra la obsesión de impresionar con unas metas y unos niveles que van más allá de un sereno goce de la vida.
Otro mensaje que nos deja este domingo es que, además de vivir y testimoniar nuestra fe, hemos de planificar las cosas. El resultado del trabajo pastoral no se basa en la riqueza de los recursos, sino en la creatividad del amor. Ciertamente son necesarios tenacidad, esfuerzo, trabajo, organización, pero hay que saber ante todo que la fuerza de la Iglesia no reside en sí misma sino que está escondida en las aguas profundas de Dios, en las que ella está llamada a echar las redes. Otra lección a añadir es que la Iglesia no puede alejarse de la sencillez; de lo contrario olvida el lenguaje del misterio, se queda fuera, a las puertas del misterio, y por eso no consigue entrar en aquellos que pretenden de la Iglesia lo que no pueden darse por sí mismos, es decir, Dios. A veces se alejan quienes no nos entienden, porque olvidamos la sencillez y asumimos razones y estilos ajenas a nuestra gente. Sin la gramática de la simplicidad, la Iglesia se ve privada de las condiciones que hacen posible «pescar» a Dios en las aguas profundas de su misterio.
Con otras palabras nos lo decía el Papa hace unos días en Brasil: «Miren, yo pienso que, en este momento, esta civilización mundial se pasó de rosca, se pasó de rosca, porque es tal el culto que ha hecho al dios dinero, que estamos presenciando una filosofía y una praxis de exclusión de los dos polos de la vida que son las promesas de los pueblos: los ancianos y los jóvenes».