Diario de León
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Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

Las lecturas son un grito contra los que se lo pasan bien sin darse cuenta de que eso ocurre gracias a la desgraciada vida a que someten a otros hombres. Nuestro Dios no quiere que haya gente que viva muy bien y a su lado haya quien no pueda siquiera vivir; ni que en el mundo haya unos que tengan todo lo que quieran a costa de exprimir a otros. Dios nos habla de su Reino como de una mesa en la que todos podremos sentarnos, compartir un mismo pan y sentirnos hermanos. Por eso, si los hombres queremos actuar como Dios actúa y que se haga su voluntad, hay que avanzar hacia una forma de vivir en la que nadie se enriquezca a cambio de que otros vivan en la miseria. Porque si creyéramos que basta con ponerle buena voluntad al asunto y dar alguna limosna puntual -aunque esto también hay que hacerlo, porque el hambre no sabe esperar-, los ricos seguirán siendo cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. Eso Dios no lo quiere. Asunto muy serio, porque si alguien se da cuenta y no hace nada por cambiar las cosas, no podrá entrar en el Reino de Dios.

Es claro que esto no es fácil de arreglar: el Evangelio no nos dice a los cristianos qué programa económico, social o político debemos emplear para que el mundo vaya como quiere Dios; eso depende del modo de ver las cosas que cada uno tenga. Pero lo que sí es seguro es que hay cosas que Dios no quiere y otras que sí. El Evangelio nos dice claramente cuáles son unas y otras. Remover esta situación injusta, tan extendida en el tiempo y en el espacio, ha sido casi siempre duro, costoso e incluso violento. Acaso porque el mundo no ha entendido en absoluto cuál es la voluntad de Cristo. Y no es extraño, porque tampoco la hemos entendido los cristianos.

El ideal cristiano es tener ante los ojos la vuelta de Jesús, juzgar las cosas en su justo valor y, ante todo, mantenerse firmes en la fe, ajustando a ella nuestra conducta. Ocurre que buscamos la seguridad y creemos hallarla en un bienestar ilusorio e inseguro, cuando estamos hechos para el más-allá. Deberemos vivir persuadidos de que quedaremos fijos en el bien o en el mal según el fervor de nuestra búsqueda de Dios. Jesús no busca precisamente asustarnos con un infierno futuro o consolarnos con un paraíso futuro. Quiere mostrarnos cómo el cielo comienza allí donde resuena la palabra de Dios que permite a un hombre encontrar al propio hermano.

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