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León

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Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

Las lecturas de este domingo son una enérgica llamada a no vivir adormecidos. Dios nos exige fidelidad firme a su amor hasta las últimas consecuencias. Lo que debemos saber nos traerá problemas e incluso incomprensiones.

Cristo anuncia la victoria, su venida final para dar vida total, pero también un largo y difícil camino de lucha hasta llegar a la victoria. O sea, Jesús no lanza una promesa de facilidades ni anuncia seguridades a quien le siga. El ejemplo del evangelio es significativo: el pueblo judío estaba seguro y satisfecho de su Templo, centro de su vida religiosa. Aquel Templo era el orgullo de aquel pueblo humillado. Pero Jesús anuncia de formas dura y radical que iba a ser destruido. Pero ese anuncio está lleno de una nueva esperanza: aunque el Templo se derrumbe, el camino hacia la salvación podrá continuar. Como si fuera una lucha, que no va contra nadie. Es una lucha entre el Bien y el Mal, verdad y mentira, amor y desamor, justicia e injusticia. Nadie está nunca completamente en uno u otro bando: la lucha está también en nosotros. Sólo Dios está totalmente en su bando, ya que Él solo es bien, la verdad, el amor, la justicia. Nosotros, si luchamos por eso, luchamos con Dios.

Por ello, el anuncio del fin del mundo no es una noticia de mal agüero que intimida a los creyentes y les coacciona a ser buenos a la fuerza. Este anuncio es «evangélico» y, por eso, «buena noticia». No hay mejor noticia que saber que el mundo tiene fin, que los poderosos de este mundo pasan, que no son «dios» y que, por ello, nada justifica que nos dobleguemos a las estructuras de este mundo y a sus dueños actuales. Por eso es una llamada a la responsabilidad personal y comunitaria: podemos y debemos cambiar este mundo injusto, violento y desigual, recrear un nuevo mundo donde habite la justicia y sea posible vivir en paz y en solidaridad. Este evangelio nos llama a reavivar nuestra esperanza: Jesús, que es llevado a la cruz, volverá y completará la obra iniciada en la creación y corregida en la redención. Como esto no sucederá sin nosotros, no habrá espacio para la evasión o para esperar que Dios lo haga todo. No hay razón para creer insensatamente que Dios se encargará de todo, pero tampoco la hay para la prisa y la chapuza. Es el tiempo de la paciencia y la responsabilidad personal.

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En este domingo los católicos españoles somos invitados a tomar conciencia de nuestra pertenencia viva a la comunidad diocesana y, con ella, a la Iglesia universal. Es el Día de la Diócesis. Este hecho tiene sus exigencias y compromisos, que conviene actualizar, para que toda esta realidad sobrenatural no sea una afirmación vacía de sentido.