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MANUEL ALCÁNTARA
León

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El interesado empeño de salvar a la infanta está haciendo naufragar a los más altos fiscales. Tienen todas las pruebas, pero también están probando que les falta valor para aplicarlas. Quizá no les importe el descrédito que acarrea su actitud, menos cautelosa que cobista, pero están arruinando su crédito personal. Se trata de salvar a doña Cristina, pero como los progresivos embustes forman una gran falsedad cuando se suman, no va a haber manera de hacerlo. Desmentir las mentiras no solo lleva mucho trabajo, sino mucho tiempo: véase la tarea que le espera al papa Francisco.

Las célebres facturas de 69.000 euros pagadas por Aizoon a Diego Torres, quizás no nos obliguen a confundirlo con Diego Corrientes, pero no autorizan a pedir alguna explicación. La gente normal está agobiada, por no decir asfixiada. Parafraseando a Quevedo, no halla dónde poner los ojos que no sea imagen de la mierda. Quienes tenía la obligación moral de dar ejemplo solo nos dan disgustos. La verdad es que los consanguíneos han alterado su hemoglobina y la sangre azul nos está poniendo a todos los pelos verdes.

El jefe del servicio jurídico de la Agencia tributaria asegura que los pagos del Torres «no se compadecen con las actividades de Aizoon decía realizar». Así que los únicos que hay que compadecer es a los contribuyentes. En el mejor de los casos tenemos un tío en Alcalá, pero no un pariente cercano en La Zarzuela. Ya nos extrañaba que no existieran contratos entre las sociedades asesoradas y la tristemente célebre sociedad, que únicamente tenía media docena de empleados.

Al fraude de UGT, de difícil explicación, se une el de la insaciable pareja compuesta por don Iñaki y doña Cristina, pero a estos se han unido los encubridores. ¿Quién no iba a decir que en las más altas escalas sociales se podían juntar personas de tan bajos niveles de moral? Hubo un tiempo en el que creímos en ellos, pero ellos no corren más que el dinero, que es su Dios, y en la Agencia Tributaria, que es su profeta.

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