Diario de León
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Cada día su afán José-Román Flecha Andrés

La observación nos dice que los seres humanos deseamos constantemente sobresalir sobre los demás. Para ello nos atribuimos con frecuencia cualidades que los demás no poseen y que juzgamos estimables. En otros tiempos esas cualidades se consideraban virtuosas. Hoy ha cambiado la mentalidad. Son muchos los que se glorían de sus vicios.

Sin embargo, la soberbia está muy unida a la mentira y también al «menosprecio» de los demás. Nos engañamos a nosotros mismos al sobrevalorar nuestras cualidades, porque ignoramos las de los demás. Si la soberbia está ligada a la mentira, la humildad nos mantiene con los pies en la tierra. Brota del conocimiento de la verdad sobre nosotros mismos y sobre los demás.

Tanto la soberbia como la humildad configuran la identidad moral de la persona. Así se expresa San Juan de Ávila en su obra Audi filia : «Entienda el hombre que aquello de que se ensoberbece, presto se lo quitará Dios; y el tiempo que lo tiene le aprovechará muy poco, porque la soberbia o quita los bienes o los hace poseer sin provecho».

Según el Santo, no debería caer en la soberbia quien al mirar hacia atrás ve cuán miserable cayó y al mirar al futuro no puede evitar el temor. Ante la tentación de la soberbia, el creyente ha de pedirle a Dios que le abra los ojos para conocer la verdad sobre Él y la verdad sobre sí mismo, «para que ni atribuya a Dios ningún mal, ni tampoco a sí algún bien». Para el cristiano, el máximo ejemplo de humildad es Jesús. Según el mismo San Juan de Ávila, «convenía que el remediador de los hombres fuese muy humilde, pues que la raíz de todos los malos y males es la soberbia».

Hemos de reconocer que nuestra soberbia no nos permite vivir en la verdad. No olvidemos que para Santa Teresa de Jesús, «humildad es andar en verdad». Por otra parte, sería bueno ver los pecados y las virtudes capitales en su dimensión social y comunitaria.

La soberbia tiene hoy dimensiones políticas evidentes. Los partidos políticos tienden a enaltecer su imagen, sus logros y sus proyectos, mientras desprecian los de sus oponentes. En realidad, muchos de los enfrentamientos de las regiones provienen precisamente de la altanería con la que se magnifican algunos datos que aparentemente reflejan la grandeza de las comunidades.

Además, la soberbia alcanza dimensiones continentales. Los países que se autodefinen como desarrollados, desprecian a otros países a los que sitúan en «vías de desarrollo». En realidad esa catalogación se apoya en algunos datos predominantemente técnicos o económicos que, por otra parte, no siempre reflejan la honestidad de los bloques político-económicos. Los países pobres cuentan con frecuencia con una cultura humana muy superior a la de los países más desarrollados. Vivir en la verdad favorecería la convivencia, la tolerancia y el respeto mutuo entre los grupos sociales y entre los pueblos.

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