Diario de León
Publicado por
ANTONIO NÚÑEZ
León

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La prueba de que mi médico tiene razón cuando me dice que deje la bebida es que hasta a los escoceses se les ha subido el whisky a la cabeza con el referéndum sobre la independencia de Inglaterra. Y no será por falta de costumbre. Yo me estoy moderando y bebo sólo scotch «100 pipers», cien gaiteros, que ya te avisa en la etiqueta de que tiene cuarenta grados y que cuando oigas soplar las gaitas debes dejar de hacerlo también tú. Llevo la terapia a rajatabla y no como las reinas madres inglesas, que se conservan en ginebra. A ver si se aclaran los médicos y el Reino Unido.

Escocia es tierra brava y simpática que forma parte de los siete países celtas tardíamente cristianizados, según Alvaro Cunqueiro, buen gurmet igualmente longevo: Galicia, Escocia, Irlanda, Bretaña, Cornualles y la isla de Man, si bien esta última destila sólo billetes de quinientos euros como buen paraíso fiscal. Esto último no acaba de caberle en la cabeza a Montoro, un abstemio de chicha y nabo.

En fin, los vapores espirituosos nacionalistas han nublado también la vista de los escoceses, gente acostumbrada a la niebla donde las haya, que pueden acabar como los de mi pueblo, La Bañeza, jugándose todo el patrimonio a las «chapas» de Semana Santa. Cada país tiene sus propias costumbres. Pero de momento ha bajado la Bolsa, la libra y la economía inglesas, que no se tranquilizan ni con el té de las cinco, un bebida, por cierto, repugnante y en eso los escoceses llevan toda la razón.

Escocia, igualmente, es tierra alta, altiva y muy parecida en clima a León, que sólo tiene dos estaciones: el invierno y la de Renfe. También el difunto y sabio abad de San Isidoro, tocayo mío, don Antonio Viñayo decía que es bueno para los bueyes «y algún que otro canónigo». Algo debía tener contra el obispo.

Viene todo este largo introito a cuenta, ya de paso, de la dichosa consulta catalana que ha aburrido este verano hasta a «Nessie», la serpiente antediluviana que permitía llenar antaño los periódicos de agosto con si había vuelto a aparecer o no en el lago Ness. Unos decían que de eso nada y otros que sí, pero digo yo que dependerían de los whiskies que te nublan la visión y el pensamiento. Venía muy bien, en todo caso, para la sequía de noticias y nosotros, muy profesionalmente, le llamábamos «el culebrón del verano». Ahora se llevan los topillos.

En casa hace años que no entra ningún producto catalán, incluído el cava, cosa que ha debido agravar los balances de Freixenet pero mejorado la analítica de mi hígado. Definitivamente le sientan mejor los vinos del Bierzo, que me cuida la Virgen de la Encina, junto con la de Castrotierra las dos más guapas de la provincia. Una vela para que no se sequen los pimientos y las cepas de Prada a Tope y la otra para que los patatales de la Valduerna no se los lleve el tormentón. Cada uno de mayor es religioso a su manera y no como descreídas mujeres de Benavente que se descuidaron, dejaron de rezar por los maridos y luego lloraban porque «lo que no se llevó la riada se lo lleva El Huracán», gentil establecimiento para templar gaitas, por lo demás, donde se oficiaba el oficio más antiguo del mundo. Si lo llega a pillar un escocés sólo hubiera tenido que levantar dos faldas, las de tablas y las que no eran las suyas.

Me jode, con perdón, que las modas de ahora impongan las rayas horizontales, estilo senyera catalana, y no las verticales. Es un dilema que también preocupaba de antiguo a Asterix y Obelix, irreductibles galos de barriga cervecera según los cuales las que adelgazan son las últimas. Si tuviera la poción mágica barrería de un soplido, cual espuma del barril, a Pujol y Artur Mas, pero, al contrario que los escoceses, ya no tengo fuelle ni gaita.

En estas cosas y no otras se entretiene la política nacional, así que perdone usted si servidor hace lo mismo. De lo de «Podemos» ni hablemos, porque es para mear y no echar gota. Mi próstata está fatal y hace tiempo que chifla menos que una sardana.

Fui el otro día a El Corte Inglés pidiendo una prenda de rayas verticales y el capullo de jefe de planta me sugirió un traje diplomático, precisamente lo que más odio en el fondo de armario de mi cabeza. La diplomacia no es mi fuerte y menos cuando ando cabreado. Al decirle yo que quería algo más de esport me mandó a la sección de deportes donde me ofertaron una camiseta del Atletic de Bilbao o, en su defecto, de la Real Sociedad.

Otro infiltrado del PNV.

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