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JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
León

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Liturgia dominical

La fiesta del Bautismo del Señor está llena de sentido y de atractivo, a la vez que de algunas dificultades para su comprensión profunda. Por un lado, es éste un domingo de transición: el Bautismo del Señor cierra, a la vez, el ciclo de Navidad y abre el Tiempo Ordinario. Con la escena del bautismo culmina la manifestación de Jesús como Hijo de Dios (que esto ha sido la Navidad), pero a la vez se nos presenta a Jesús ya adulto, dispuesto a iniciar su misión pública. De alguna manera, pues, el bautismo de Jesús prefigura el nuestro: así como en aquel momento el Padre certificó la filiación divina de Jesús con la unción del Espíritu antes de iniciar su misión, así también nosotros en nuestro bautismo somos consagrados hijos de Dios en Jesucristo por el Espíritu. El Prefacio del día dice: en el bautismo de Cristo en el Jordán has realizado signos prodigiosos, para manifestar el misterio del nuevo bautismo. También en la Oración Colecta pedimos: concede a tus hijos de adopción, renacidos del agua y del Espíritu Santo, perseverar siempre en tu benevolencia. Y en la Poscomunión: que escuchemos con fe la palabra de tu Hijo para que podamos llamarnos, y ser en verdad, hijos tuyos.

El bautismo de Jesús es un acontecimiento tan desconcertante y aleccionador como su nacimiento, su pertenencia a una familia modesta, su vida esforzada y «vulgar», apenas rota por algunos milagros, y su muerte ignominiosa. Es el primer acto de su vida pública, cuando deja su pueblo para empezar su misión. Empieza por hacerse seguidor de Juan Bautista. Se coloca en la fila de los pecadores que esperan en la ribera del río... ¡como un «hombre cualquiera»! Y es bautizado como uno más. Vino a salvar a la humanidad desde la misma humanidad. La salvación viene de Dios, pero Él quiso hacerla desde dentro de lo humano, con todas las consecuencias, excepto el pecado. Es lo que se ha llamado siempre encarnación. Es el camino que han seguido sus mejores discípulos.

Es evidente que Cristo viene a salvarnos, pero no a imponer la salvación; aunque podría. No quiere reinar sobre un pueblo que primero no le haya aceptado libremente en su corazón. No quiere escoger el fácil y tentador camino de obligar; prefiere el de ofrecer. Sabe que es un camino más lento, menos triunfalista. Pero sabe también que, a la larga, es el único camino auténtico. Por eso Cristo se abaja. Toma hondura para situarse, codo con codo, junto a los que menos pueden. Entra en la fila de los necesitados, del pueblo llano, de los que tienen que esperar su turno en todas las ventanillas del mundo, de los que nada pueden exigir. Entra en la fila de los pobres. Viene a salvar, sí. Pero no con una salvación importada, postiza; sino desde dentro. Tomando en serio al hombre, con toda su oculta grandeza. Asumiendo —para elevarlo— el rescoldo que queda todavía, medio escondido, en su corazón. Soplando sobre esas brasas. Pacientemente, amorosamente. Como haríamos nosotros si estuviéramos llenos de ternura.

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