Vivir en amistad
Liturgia dominical
La I lectura presenta la honra de Israel: su Dios es un Dios cercano, que habla al pueblo y se compromete en la causa de la liberación de éste. Israel experimenta a Dios en su propia historia. Con Jesús hay un salto cualitativo: Dios se hace uno de los nuestros; no libera al pueblo desde fuera, sino que lo hace poniéndose junto a ellos; no dice qué es lo que se ha de hacer, sino que viene a hacerlo junto a nosotros. Dios no es solamente Dios-Padre que está en el cielo, es también Dios-Palabra que se nos revela. Todavía hay un paso más de acercamiento: Jesucristo, Dios-Palabra, dice: «Estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo». Pero no como un recuerdo, sino como algo metido en nuestro interior. Su Espíritu entra dentro de nosotros y nos hace hijos como Cristo y herederos como Él. Así se nos presenta la realidad profunda y vigorosa de la Trinidad, Dios Padre,. Hijo y Espíritu Santo
La Sma. Trinidad acompaña nuestro caminar. Nos señala en el Bautismo y se reaviva al hacer, y no como un gesto inconsciente, la señal de la cruz: en muchas ocasiones de la vida ordinaria y, de forma especial y varias veces, en la Misa. Es una acción de gracias al Padre, origen, término, fuente y plenitud de todo y de nuestra salvación. Es memorial de Jesucristo, que vivió nuestra vida y fue fiel a ella hasta la muerte, que resucitó y sigue presente en la Asamblea. Y es invocación al Espíritu, que hacemos con las manos extendidas, como signo de su descenso sobre las ofrendas y sobre la Iglesia y de que es Él quien sostiene en nosotros la vida nueva de Cristo, la santidad.
A menudo se piensa que esta santidad es algo reservado para algunos privilegiados. La Palabra de Dios nos enseña que Él llama a la santidad a todos. Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. ¡Cuánta paz nos dará saber que Dios nos llama a una profunda amistad! ¡Dios quiere que seamos sus amigos! No en vano decía Santa Teresa de Jesús: «Y si acaso no supieres dónde me hallarás en Mí, no andes de aquí para allí, sino, si hallarme quisieres, a Mí buscarme has en ti». Se trata de vivir la experiencia de este amor de Dios, que no es una quimera, sino un amor actual y concreto, que se experimenta a diario, en el sufrimiento, en el gozo, en la donación, en las crisis. El verdadero cristiano es quien se siente siempre acompañado de Dios; podrá dudar y sufrir, pero nunca podrá caer en la desesperanza.