Un amor inquebrantable
Liturgia dominical
El amor y la unión de hombre y mujer sabemos que está marcado por las debilidades humanas. La vida en matrimonio, que es fuente de gozo, está también acechada por dificultades y decepciones, que todos los casados (y las parejas de novios) conocen bien. Hoy domina la idea de que «si nos va bien, seguimos; si no, nos separamos; al fin y al cabo, da lo mismo». Jesús hace una propuesta mucho más rica: la llamada de Dios, que siempre nos humaniza, pide esforzarse por afianzar esta alianza, y no porque «nos lo manden», sino porque es lo mejor, ya que nos da más felicidad. Y aún añade que, si el cristiano lo es verdaderamente, tiene que mantener la solidez de su amor, ocurra lo que ocurra, ya que es un signo del amor absoluto de Dios. ¿Cómo se podrá creer en el amor, si el máximo exponente del mismo -el matrimonio- queda reducido a un simple acuerdo fácil de romper? Si el amor es de suyo gratuito y estable, pero se piensa que la unión es destructible ¿será un amor verdadero? ¿Habrá que llamar amor al sexo, porque hoy no se cree en el amor como tal? ¿Por qué no llega a todos el tesoro de la Revelación sobre el matrimonio? ¿Cómo entender a Dios en su Alianza irrompible con el hombre, si hay creyentes que opinan que, cuando surge el pecado -el defecto del otro-, lo mejor es dar por liquidado el amor? Romper el matrimonio es, además de otras cosas, romper la imagen, el signo (¡el sacramento!) que nos hace visible y creíble el Amor inquebrantable de Dios.
Hoy se necesitan parejas que, con su amor consistente y gozoso, sean un grito ilusionado ante el mundo: ¡Existe el amor! Lo que equivale a decir que «Dios existe». El amor irreversible -«todos los días de mi vida, en la salud y en la enfermedad»- no lo garantiza un contrato firmado por dos voluntades enamoradas, sino Dios que lo hace Don para la pareja y Sacramento para el mundo. Como Don se recibe con alegría y humildad; como Sacramento se anuncia para alegría la sociedad.
Por eso, los cristianos hemos de reforzar nuestras convicciones y proclamarlas sin ninguna vergüenza: estamos a favor de quienes viven un amor totalmente entregado en todas las circunstancias de la vida y por siempre; que se esfuerzan para que este amor progrese cada día más; que saben superar las dificultades que pueda aparecer; que valoran la celebración cristiana del matrimonio como sacramento del amor de Dios; y que colaboran a que los más jóvenes también puedan descubrir este valor. Hoy precisamente, en Roma, comienza a celebrarse un Sínodo sobre la Familia. Recemos para que los reunidos se dejen guiar por el Espíritu de Amor.